miércoles, 25 de febrero de 2026

Estados Unidos sueña con una nueva era colonial

El discurso de Rubio fue un llamado a los sátrapas que están dispuestos a actuar como fuerzas proxy para luchar por la hegemonía global de Estados Unidos, tal y como ya están haciendo los europeos con respecto a Ucrania.

 

ESTADOS UNIDOS SUEÑA CON UNA
NUEVA ERA COLONIAL



Moon of Alabama

En un discurso pronunciado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado, Marco Rubio hizo un llamado a la restauración de la era colonial:

"En un mundo perfecto, todos estos problemas y muchos más se resolverían mediante diplomáticos y resoluciones enérgicas. Pero no vivimos en un mundo perfecto y no podemos seguir permitiendo que aquellos que amenazan de forma descarada y abierta a nuestros ciudadanos y ponen en peligro nuestra estabilidad global se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan habitualmente

Este es el camino que el presidente Trump y los Estados Unidos han emprendido. Es el camino al que les pedimos que se unan aquí en Europa. Es un camino que antes hemos recorrido juntos y esperamos volver a recorrer juntos. Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se había estado expandiendo: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores salieron de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendían por todo el mundo.

Pero en 1945, por primera vez desde la época de Colón, estaba entrando en declive. Europa estaba en ruinas. La mitad vivía tras una cortina de hierro y el resto parecía que pronto seguiría sus pasos. Los grandes imperios occidentales habían entrado en un declive terminal, acelerado por las revoluciones comunistas ateas y por los levantamientos anticolonialistas que transformarían el mundo y cubrirían con la hoz y el martillo rojos vastas extensiones del mapa en los años venideros.  

En ese contexto, entonces como ahora, muchos llegaron a creer que la era del dominio occidental había llegado a su fin y que nuestro futuro estaba destinado a ser un eco débil y fugaz de nuestro pasado. Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección, y fue una elección que se negaron a tomar. Esto es lo que hicimos juntos una vez, y esto es lo que el presidente Trump y los Estados Unidos quieren hacer de nuevo ahora, junto con ustedes".

Arnaud Bertrand resume:

El hombre lamenta literalmente el resultado de la Segunda Guerra Mundial porque marcó el fin de la era durante la cual “Occidente se había estado expandiendo”, un “camino” que “espera que Estados Unidos y Europa caminen juntos de nuevo”.

Y debemos comprender muy claramente las intenciones de Rubio: quiere restituir la construcción de “vastos imperios que se extienden por todo el mundo” y culpa los “levantamientos anticolonialistas” por lo que le hicieron a “los grandes imperios occidentales”.

Afirma además que no se puede seguir permitiendo que “abstracciones del derecho internacional” sean un obstáculo a los intereses de Estados Unidos.

Básicamente, el hombre está afirmando abiertamente que todo el orden poscolonial fue un error y está pidiendo a Europa que comparta el botín de construir uno nuevo.

Algunos de los imbéciles presentes en la sala aplaudieron esa tontería revisionista.

Bertrand Advierte:

¿Cuál es la idea aquí? ¿Que los Estados Unidos de Trump ꟷ“Estados Unidos primero”ꟷ se volvería de repente magnánimo y compartiría con Europa solo por pura afectividad? El imperialismo no funciona así: toda su premisa se basa en que los fuertes dominan a los débiles.

Cuando una potencia imperial habla de sentimientos, de lo mucho que te aprecia y de cómo quiere asociarse contigo ꟷla parte mucho más débilꟷ eso es motivo de preocupación, no de aplauso...

El discurso de Rubio fue un llamado a los sátrapas que están dispuestos a actuar como fuerzas proxy para luchar por la hegemonía global de Estados Unidos, tal y como ya están haciendo los europeos con respecto a Ucrania.

Pero Rubio vive en el pasado. Un pasado en el que los europeos, gracias a su supremacía en el campo de la guerra, podían conquistar y devastar vastas zonas del planeta:

“Occidente conquistó el mundo no por la superioridad de sus ideas, valores o religión [...], sino por su superioridad en el uso de la violencia organizada. Los occidentales suelen olvidar este hecho; los no occidentales nunca lo olvidan”.

Samuel P. Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order

Afortunadamente, Occidente ya no tiene acceso exclusivo a las armas. Ya no puede reunir las fuerzas necesarias (tecnología, dinero, personas e ideología) para someter al planeta. Cualquier intento de hacerlo solo acabará en desastre.

Por lo tanto, Europa haría bien en mantenerse alejada de las descabelladas tonterías de Rubio. 




Publicado por La Cuna del Sol 

martes, 17 de febrero de 2026

¿Sobrevivirá Cuba?

Nacida en crisis, fortalecida por el rechazo, Cuba se enfrenta una vez más a la asfixia económica por parte de Washington, que se dispone a dar el golpe de gracia tras sesenta y siete años de ataques contra la isla.

 

¿SOBREVIVIRÁ CUBA?



Michael Smith
Counterpunch

Nacida en crisis, fortalecida por el rechazo, Cuba se enfrenta una vez más a la asfixia económica por parte de Washington, que se dispone a dar el golpe de gracia tras sesenta y siete años de ataques contra la isla. *

Desde el triunfo de su revolución en 1959, los cubanos han enfurecido a los líderes estadounidenses con su genio especializado en superar catástrofes, ya sean huracanes, inundaciones, invasiones, secuestros, ataques químicos, ataques biológicos o guerras económicas.

Entre desastre y desastre, comen, beben, bailan y se divierten.

Hoy, con la segunda llegada de Trump, el secuestro de Nicolás Maduro y el corte del suministro de petróleo venezolano a La Habana, los cubanos se enfrentan a una escalada muy familiar del sadismo imperial para hacerles suplicar por ayuda.

Las paradas de autobús están vacías y por las calles circulan menos coches y peatones. La falta de combustible es palpable y muchas gasolineras han cerrado. Air Canada ha suspendido sus servicios a la isla.  

Las familias recurren a la leña y el carbón para cocinar debido a los constantes cortes de electricidad. Las restricciones de emergencia imponen una semana laboral de cuatro días, la reducción del transporte entre provincias, el cierre de las principales instalaciones turísticas, la reducción de la jornada escolar y de los requisitos de asistencia presencial en las universidades.

Pero, de alguna manera, la vida sigue en La Habana y hay mucho que hacer. Cerca de la estación de trenes, en el paseo marítimo, la gente pesca. Cuando cae la noche, los barrios se llenan de jóvenes que participan en proyectos culturales o juegan al fútbol o al baloncesto.

Recientemente una mujer cubana de 32 años, llamada Yadira, expresó muy adecuadamente una parte fundamental de la psicología nacional al periodista Louis Hernández Navarro del diario mexicano La Jornada. Hace dos años, abandonó la isla con la esperanza de llegar a Estados Unidos, dejando a su hija de nueve años y a su hijo de siete con sus abuelos. Nunca llegó a Estados Unidos y tuvo que quedarse en Ciudad de México, trabajando en una pescadería del mercado de Nonoalco. Ahora está de vuelta en La Habana.

“Por muy lejos que esté de mi hogar”, expresa, “una parte de mí sigue estando en Cuba, y no me refiero solo a mis hijos... No quiero que le pase nada malo a mi país. No me gusta la política, pero lo que estamos viviendo con Trump va más allá de la política. ¿Cómo es posible que alguien que ni siquiera es cubano venga y decida cómo tenemos que vivir?”.

Navarro comenta que quienes ahora confían en precipitar un “cambio de régimen” estrangulando a Cuba, olvidan lo íntimo que son los lazos con el país natal, lo rápido que incluso personas apolíticas como Yadira pueden verse provocadas a una resistencia feroz. Es una manera tonta de olvidar, aunque muy frecuente.

Señala Navarro que no es la primera vez que se dice que el fin de la revolución cubana está cerca. En 1991, el periodista argentino, Andrés Oppenheimer, publicó el libro “La hora final de Castro”, fruto de una estancia de seis meses en Cuba y de quinientas entrevistas con altos funcionarios y opositores al gobierno.

Colaborador del Miami Herald y CNN, Oppenheimer vive en Estados Unidos y mantiene estrechos vínculos con la comunidad cubana exiliada en Miami. Según Navarro, el libro describe lo que el autor consideraba el inminente colapso de Fidel Castro y la revolución cubana tras tres décadas en el poder.

Pero el tan ansiado resultado se evaporó rápidamente. Las previsiones optimistas sobre la rápida e inevitable desintegración del gobierno cubano, escritas cuando caía la “cortina de hierro” y desaparecía la URSS, resultaron ser un espejismo. Difundidas promiscuamente como una especie de evangelio en los periódicos y en la televisión, las predicciones no se cumplieron. Fidel Castro vivió obstinadamente otros 25 años, fue sucedido en el poder por su hermano Raúl, quien, a su vez, fue sucedido por Miguel Díaz-Canel.

Treinta y cinco años después, la agresión militar estadounidense contra Venezuela y el secuestro del presidente Maduro han reavivado la profecía del fin inminente de la revolución cubana. La fantasía se alimenta de extrapolaciones sobre la importancia que tuvo el “chavismo” para la supervivencia de la política revolucionaria en la isla, llegando a conclusiones precipitadas de que el régimen comunista colapsará abruptamente.

Es cierto que en la época de Hugo Chávez se enviaban hasta cien mil barriles diarios de petróleo venezolano a Cuba, y tras la imposición del bloqueo económico contra el gobierno de Maduro (2021-2025), la cifra se redujo drásticamente a treinta mil barriles diarios, lo que supuso un duro golpe para la economía de la isla. Hoy en día, La Habana solo cuenta con unos 40 000 de los 100 000 barriles diarios que necesita, mientras que la aplicación de su plan para promover las energías renovables con el fin de depender menos de los combustibles fósiles avanza a un ritmo más lento que las crecientes necesidades del país.

Por si eso fuera poco, Trump ha endurecido el bloqueo energético, amenazando con imponer sanciones a los países que se atrevan a suministrar combustible a Cuba. Esto tiene consecuencias profundamente negativas para la salud pública, la alimentación y, por supuesto, la vida cotidiana. Los cubanos ya sufrían frecuentes cortes de electricidad, así como una escasez y privaciones a una escala nunca vista desde el “período especial” de crisis económica tras la caída de la Unión Soviética en 1991, pero ahora deben soportar cortes casi constantes. En muchas partes de la isla, los cortes duran más de la mitad del día.

¿Pero significa eso que el colapso del gobierno cubano es inminente o que está a punto de producirse un “cambio de régimen”? El viceprimer ministro cubano, Oscar Pérez-Oliva Fraga, afirma rotundamente que no: “Se trata de una oportunidad y un reto que, sin duda, superaremos. No vamos a colapsar”.

Señalando la determinación de tantos cubanos que resisten y la cohesión social nacida del rechazo al crudo intervencionismo de Trump, Navarro afirma que los anuncios del fin de la revolución cubana no son más que un fantasma nacido de los anhelos de redención de quienes odian a Cuba y de Trump para ganar votos para las próximas elecciones de mitad de mandato.

Con el fin de revitalizar la idea de que el cambio de régimen tiene futuro, varias plataformas de noticias del ámbito de Washington han difundido recientemente el mensaje de que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, llamó a Estados Unidos para solicitar un diálogo serio, lo que, según se dijo, representaba un cambio de postura del Gobierno cubano hacia Estados Unidos, provocado por la absurda declaración de Trump del 29 de enero** en la que proclamaba que la pequeña Cuba era una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y advertía de represalias.

Pero en realidad no hubo ningún cambio de postura, solo la enésima invitación al diálogo y al entendimiento entre ambos países, sobre la base de la igualdad y el respeto mutuo, algo en lo que Cuba siempre ha insistido.

Desde el punto de vista de Cuba, la última fase de los ataques estadounidenses contra la isla comenzó con la campaña de exterminio en Gaza y la parálisis mundial que permitió que se llevara a cabo, lo que alentó las ilusiones de omnipotencia en Washington.

Ahora Donald Trump quiere imponer el hambre a los cubanos para que renuncien al socialismo, lo cual no es en absoluto una idea nueva. Al igual que sus predecesores en el Despacho Oval, no quiere que haya una base para políticas antiimperialistas en ninguna parte del mundo, y mucho menos a solo noventa millas de distancia de Estados Unidos.

Después de todo, Cuba envió alguna vez a cientos de miles de soldados a miles de kilómetros de su país para humillar a la Sudáfrica blanca en el campo de batalla. Su fulgurante avance en el suroeste de Angola y su electrizante derrota de las fuerzas del apartheid en Cuito Cuanavale, en la que destacó el dominio cubano de los cielos, fueron acontecimientos clave para derrocar al odioso régimen. Nelson Mandela dijo que la victoria cubana en Cuito Cuanavale “destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco [e] inspiró a las masas combatientes de Sudáfrica... Cuito Cuanavale fue el punto de inflexión para la liberación de nuestro continente ꟷy de mi puebloꟷ del flagelo del apartheid”.

En su primer viaje fuera de África, Mandela puso como prioridad visitar La Habana en julio de 1991 para entregar un mensaje de gratitud en persona al pueblo cubano: “Hemos venido aquí conscientes de la gran deuda que hay con el pueblo cubano. ¿Qué otro país puede mostrar una historia de mayor desinterés que la que ha exhibido Cuba en sus relaciones con África?”.

Hasta 2008, Estados Unidos consideraba a Mandela como terrorista, y en la actualidad considera a La Habana como un régimen terrorista.

Una locura. Mientras tanto, en Cuba, contra viento y marea y una creciente ola reaccionaria, un pueblo orgulloso y resistente, superviviente de mil traiciones y asediado por un vil bloqueo, sobrevive desafiante.

 

Notas.

 

* Esta arrogancia imperial se remonta a Thomas Jefferson, quien quería anexionar Cuba.


** "Abordando las amenazas al Gobierno de los Estados Unidos por parte del Gobierno de Cuba" www.whitehouse.gov

 

Fuentes

 

Luis Hernandez Navarro, “Cuba: a society forged in crises: we have endured them all” La Jornada, February 7, 2026 (Spanish)

 

Gabriela Vera Lopes, “A Solidarity That Takes Risks and Puts Our Bodies On The Line is Indispensable,” February 6, 2026, www.rebelion.org (Spanish)

 

“From blackouts to food shortages: How U.S. blockade is crippling life in Cuba,” Al Jazeera, February 8, 2026

 

Ignacio Ramonet & Fidel Castro, Fidel Castro – My Life (Scribner, 2006) pps. 316-25

 

Piero Gleijeses, Visions of Freedom – Havana, Washington, Pretoria, and the Struggle for Southern Africa 1976-1991, (University of North Carolina, 2013, pps. 519, 526




Publicado por La Cuna del Sol

lunes, 12 de enero de 2026

El ataque contra Venezuela

Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana.

 

ANÁLISIS GEOPOLÍTICO DEL
ATAQUE CONTRA VENEZUELA



José Ernesto Nováez Guerrero
La Jiribilla

Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana. No solo porque desde 1989 no ocurría algo de esta magnitud en nuestra región, sino también porque la forma en que se desarrollaron los hechos durante esa fatídica madrugada de inicios de 2026, abre numerosas interrogantes, que solo el tiempo aclarará en su total dimensión y significado.

Aunque resulta tentador para un analista y militante intentar desenredar el hilo de Ariadna de los hechos y acciones internos que concluyeron con la captura del legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, y que costaron muchas y valiosas vidas, considero que lo más útil en este momento es intentar entender el rumbo y las implicaciones que se abren para la región y el mundo con el accionar de los Estados Unidos. Sembrar dudas e incertidumbres en un país que intenta recomponerse ante una agresión contribuye a fracturar la unidad de las fuerzas revolucionarias internas, que es lo más importante hoy para preservar la continuidad del proyecto y sus conquistas. Además de que, con la información disponible y las campañas de guerra sicológica y comunicacional en curso, es fácil caer en prejuicios o falsas concepciones sobre el liderazgo del proyecto en este momento actual o en torno a figuras puntuales.

Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha concluido y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos. Luego de su artero ataque la madrugada de este 3 de enero, la administración Trump dejó claro su intención de dirigir Venezuela hasta garantizar una transición “adecuada” para los intereses de Estados Unidos y amenazó directamente a otros países de la región: Colombia, México y Cuba. El mensaje, al final del día, era para la región en su conjunto y sobre todo para aquellos países con gobiernos que sostienen una agenda de soberanía nacional y protección de sus recursos naturales.

Esta agresividad de Trump, que era visible desde su anterior mandato, ha encontrado en este nuevo período en la Casa Blanca una forma de expresión más acabada. Y no es que Trump sea más agresivo que otros presidentes de Estados Unidos (basta solo con dar un vistazo a la historia reciente), sencillamente está cambiando el foco de esa agresividad, motivado por dos hechos indiscutibles: el fracaso de la política militar de Estados Unidos en Asia Occidental y el creciente rezago de la economía estadounidense con respecto a China.

El perfil de la política de Washington en la región de Asia Occidental puede remontarse por lo menos a 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt se reúne con el rey Ibn Saud de Arabia Saudita. A partir de ahí se consolida el pacto estratégico de petróleo por seguridad, que convierte a la región en un espacio central de los intereses estadounidenses. Aunque en esta etapa la presencia es más política y económica que militar, sienta las bases de la intervención futura. La primera intervención directa y agresiva es posible situarla en 1953, con el golpe de Estado en Irán contra el primer ministro Mohammad Mossadegh, organizado por la CIA y el MI6 británico, tras la nacionalización del petróleo iraní. Este episodio marca el inicio explícito de la política estadounidense de cambio de régimen en Oriente Medio, y es considerado por muchos historiadores como el verdadero comienzo de la escalada intervencionista.

Durante las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos profundiza su implicación respaldando regímenes autoritarios aliados, fortaleciendo su apoyo estratégico a “Israel” y ampliando su presencia militar indirecta en el contexto de la Guerra Fría. La región se vuelve un tablero central de la competencia con la Unión Soviética, lo que legitima, desde Washington, una política cada vez más coercitiva. La escalada entra en una fase nueva y más militarizada tras la Revolución iraní de 1979, la crisis de los rehenes y la proclamación de la Doctrina Carter en 1980, que declara al Golfo Pérsico como zona de interés vital para Estados Unidos, justificando el uso de la fuerza para protegerlo. Desde ese momento, la intervención militar directa pasa a ser una opción explícita y permanente.

La desaparición de la URSS no cambió la agenda de Washington en la región. Numerosas invasiones y agresiones se sucedieron en los noventa y principios de los dos mil, fundamentalmente para garantizar el control de los recursos energéticos regionales. Sin embargo, la fuerte presencia militar estadounidense no garantizó la existencia de gobierno estables en los países invadidos y, por el contrario, fortaleció el auge de la Resistencia, como opción antiimperialista regional. El descalabro definitivo en Afganistán marcó el cambio de política en la estrategia exterior de esta administración. Miles de miles de millones, incontables vidas afganas y de militares estadounidenses y décadas de ocupación militar, no impidieron el retorno victorioso del movimiento Talibán al poder.

A todo esto se suma el hecho de que, precisamente a finales de los noventa y principios de los años 2000, se da el triunfo en la región de América Latina de varios gobiernos de corte nacionalista y progresista, algunos de los cuales inician un proceso más o menos radical de recuperación del control sobre sus recursos naturales, lo cual, inevitablemente, afecta los intereses de compañías norteamericanas en esos países. Son estos los años, también, en que China acelera aún más su desarrollo y comienza a desplazar a Estados Unidos como principal socio inversor y comercial en numerosos países del área, incluyendo economías colosales, como la brasileña.

Otro proceso que pudiera ser útil para entender lo que está ocurriendo tiene que ver con la mayor comprensión que se alcanza, en esos años, de la dimensión de los recursos naturales en América Latina. Washington siempre supo de las riquezas regionales y las explotó en su beneficio. Sin embargo, en las primeras dos décadas del siglo XXI se dan dos hechos que resultan ilustrativos de este punto. En 2011, Venezuela, que ya era un gran productor y exportador de petróleo confirma que, además, tiene las mayores reservas confirmadas a nivel global de hidrocarburos. Con cifras de 2024, Venezuela registró más de 303 200 millones de barriles de petróleo, seguido en segundo lugar por Arabia Saudita, con 267 200 millones de barriles e Irán, con 208 600 millones de barriles.

Adicionalmente, entre 2008 y 2010 se confirma que las mayores reservas de litio en el planeta se encuentran en el denominado como “triángulo del litio”: Argentina, Bolivia y Chile. Esto en un momento en que el auge de la tecnología digital ha convertido el litio en un recurso cada vez más estratégico para la hegemonía imperial.

Estos factores son parte de lo que explica la nueva estrategia imperialista de Estados Unidos, sintetizada en su doctrina de seguridad nacional, hecha pública a principios de diciembre de 2025. Esta Doctrina Monroe 2.0, Doctrina “Donroe” o Corolario Trump, como se quiera llamarlo, implica el retorno del eje de prioridad de la política exterior de Estados Unidos a América Latina y un enfoque distinto en su relación con el resto del planeta. De acuerdo con su actual presidente, el país se reserva el derecho de intervenir en cualquier parte donde considere que están siendo afectados sus intereses. Y como demuestra el caso de Venezuela, es muy flexible lo que Trump considera como “sus intereses”. Recordemos que, en su visión del mundo, el petróleo que yace en el subsuelo venezolano es propiedad estadounidense. Estados Unidos también dice abandonar la política de grandes invasiones y ocupaciones terrestres, sustituyéndola por un enfoque de “hit and run”, basado en el despliegue arrollador de superioridad técnica y militar por cortos períodos de tiempo contra objetivos específicos.

En la medida que se han ido agudizando las contradicciones de las potencias, con el ascenso de China, Estados Unidos ha ido abandonando la retórica liberal y retomando el viejo discurso y enfoque imperialista decimonónico. Trump es su expresión más visible, con constantes declaraciones que exponen al desnudo los intereses de Washington y que chocan con la retórica promovida por defecto por las instituciones del poder norteamericano.

Las acciones contra Venezuela son la puesta en práctica de este nuevo enfoque. Se articulan con todo el entramado de la política exterior de esta administración y responden a los mismos fines nacionalistas mezquinos. Se vinculan con las presiones y amenazas a Panamá, las declaraciones de intención sobre Groenlandia y la intromisión abierta en las elecciones en Honduras. Son parte del apoyo abierto y solapado, pero siempre presente, del retorno al poder en los países de la región de gobiernos autoritarios pro Washington, con escaso o nulo interés en la defensa de la soberanía y los recursos naturales. Gobiernos que son un recordatorio constante de la fragilidad de nuestros procesos independentistas americanos, la dependencia crónica de nuestras grandes burguesías nacionales a poderes externos y las inconsecuencias de lo que algunos teóricos han denominado como “ciclos progresistas”, muchos de cuyos gobiernos fueron incapaces de garantizar la continuidad de sus proyectos políticos, abriendo la puerta a la reacción.

Resulta importante también señalar que, mientras preparaban y ejecutaban la agresión contra Venezuela, Washington y su aliado sionista han promovido numerosos disturbios dentro de Irán. El propio Ayatollah Jameini advirtió que, si bien hay una base de descontento legítimo en las protestas, por la compleja situación económica que atraviesa el país, hay también numerosos agentes violentos del enemigo alimentando la escalada de la violencia.

Trump, en el paroxismo celebratorio de lo que percibe como una victoria contra Venezuela, declaró a Irán como un objetivo próximo, algo que activa las alarmas y trae el recuerdo del reciente conflicto donde la nación persa y su infraestructura nuclear fueron ilegal e inmoralmente agredidos.

Por último, la tibia reacción internacional ante lo ocurrido en Venezuela, incluyendo la lenta y tímida reacción de los órganos garantes del derecho internacional, hace temer que estamos asistiendo a la muerte del multilateralismo y del “mundo basado en reglas” que el propio Occidente configuró luego de la segunda guerra mundial. Esta alerta, que se ha reiterado en múltiples espacios y que hoy se hace más evidente, implica, en la práctica, el quiebre de las Naciones Unidas y la agudización de numerosas tensiones que podrían agravar sustantivamente el escenario político internacional. Es una crisis en cierta forma previsible, por la naturaleza del modelo económico imperante a nivel global, pero que no deja de tener numerosas implicaciones para los pueblos y el futuro de la especie.

Las tareas más urgentes en esta hora, considero, pasan por organizarnos, articularnos y prepararnos teóricamente. Solo la teoría revolucionaria nos dará las armas para poder incidir, práctica y efectivamente, en el mundo que vendrá. También, reitero, debemos apoyar a Venezuela en esta hora tan difícil y no sumarnos a campañas especulativas. Recordemos que más allá de los procesos políticos que se puedan o no haber verificado en las élites, hay en las bases un extraordinario proceso de articulación política y social, hay comunas por todo el territorio nacional, que forman parte de lo que debemos defender con urgencia. Ya habrá tiempo para el análisis crítico. Hoy la tarea es apoyar, defender y denunciar.




  Publicado por La Cuna del Sol