viernes, 15 de noviembre de 2013

ACTO DE ENTREGA DE “LOS IMPRESCINDIBLES”

Los medios televisivos, radiales y escritos cubrieron el evento con sendas entrevistas cuya difusión alcanzó los 15 o 20 días después del evento, lo cual indica el impacto que tuvo en una comunidad conservadora (baluarte reaccionario en el pasado oscuro de Guatemala) confrontar a quienes nunca, en su cara, se les había dicho nada. Pero sucedió y se sentó un precedente, por obra y gracia de una mujer valiente y un escritor decido a asumir el compromiso con su tiempo y con la verdad.


CRÓNICA DEL ACTO DE ENTREGA DE LA NOVELA
“LOS IMPRESCINDIBLES”
DE LUCIANO CASTRO BARILLAS


María de los Ángeles Roca

Es, de hecho, un libro escrito al alimón, por la señora Portillo-Bartow, activista de derechos humanos y Luciano Castro Barillas, escritor de magníficas letras, tal dijera el antropólogo Iván Castillo en las redes sociales, luego de su lectura. Yo digo lo mismo. Lo uno no podía ser sin lo otro. Mutuamente se necesitaban ambas personas para dar con ese encomiable resultado de escritura. Independiente de algunos tropiezos técnicos resultado de la prisa por la edición, el profundo registro humano de la vida y el hombre salvan al texto de sus imprecisiones, pues un buen relato no es otra cosa que una visión amplia y sensible del mundo. Podrá, no cabe la menor duda, la buena formación académica en literatura hacer un relato formalista y retórico, pero si falta el componente esencial y vibrante de la vida, lo lúdico de la palabra no deja de ser un asunto delicuescente ansioso de epicureísmo estético, que no puede contar la historia del mundo, no más allá de la provocación del performance o el happening, porque lo real y verdadero de las buenas letras es que “el mundo sea del tamaño de mis palabras”, tal dijera el héroe apache Jicarilla y que de manera sofisticada dijera el neopositivismo en boca de Ludwing Wittgenstein: “El límite de mis palabras es el límite de mi mundo”. 


El día 24 de septiembre fui invitada por el Círculo Cultural Jutiapaneco, presidido por el profesor Carlos Barillas,  a la entrega de la novela “Los Imprescindibles” del escritor Luciano Castro Barillas, en el mismo salón donde en 1999 fuera investido por acuerdo unánime del Concejo de la Municipalidad de la ciudad de  Jutiapa como “Cronista de la Ciudad”. La señora Portillo-Bartow estuvo igualmente presente en el acto pues a ella también se le entregó el libro de su historia, profundamente conmovedora, que arrancó lágrimas a las más de doscientas personas que abarrotaron el recinto del edificio municipal.

Fue deleitado el público  y los autores con una danza folklórica de los alumnos de la Escuela Oficial Rural Mixta de aldea El Barreal,   dirigidos por la maestra Alicia Agustín, como reconocimiento a los siete mártires de la revolución guatemalteca y a la entereza de la sobreviviente quien tras 32 años de dolor, angustia e incertidumbre; no ha dejado un momento de luchar por el aparecimiento de sus familiares para tener, por lo menos, el consuelo de una tumba donde visitarlos, porque luego de tanto tiempo transcurrido, no pueden sacarse optimistas conclusiones.

La velada literaria siguió con la lectura y comentario del prólogo por parte del poeta Gerardo Sandoval y la lectura por parte de otro joven poeta, Rolando Murga, de un párrafo de la novela. Se dejó escuchar la palabra firme y directa del escritor Luciano Castro Barillas ante la presencia de dos “convidados de piedra” al acto: un coronel representante del comandante de la brigada militar de Jutiapa y el oficial asistente, quienes visiblemente inquietos y sorprendidos por las acusaciones hechas a las fuerzas de seguridad, se removieron en sus sillas y cruzaron de un modo y otro las piernas, dado que las palabras vertidas no eran precisamente para halagarles sino para cuestionarles; no su responsabilidad personal, sino institucional como miembros del ejército. La señora Portillo-Bartow hizo lo propio y acusó directamente al ejército de Guatemala, a la Policía Nacional Civil y al cuerpo especial represivo de la institución aludida llamado Comando Seis, de triste recordación entre los guatemaltecos democráticos.

Pero también prevaleció la gallardía, la entereza y la caballerosidad. El oficial de más alta graduación presente se le acercó a la señora Portillo-Bartow y le dijo algo sorprendente, con los ojos inundados de lágrimas: “Le pido perdón señora a nombre del ejército de Guatemala, pero quiero que sepa que en el ejército también hay caballeros y no todos somos malvados”.

Los medios televisivos, radiales y escritos cubrieron el evento con sendas entrevistas cuya difusión alcanzó los 15 o 20 días después del evento, lo cual indica el impacto que tuvo en una comunidad conservadora (baluarte reaccionario en el pasado oscuro de Guatemala) confrontar a quienes nunca, en su cara, se les había dicho nada. Pero sucedió y se sentó un precedente, por obra y gracia de una mujer valiente y un escritor decido a asumir el compromiso con su tiempo y con la verdad.










Publicado por LaQnadlSol
CT., USA.

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