Como en los años de Bush, la política estadounidense en el hemisferio occidental vuelve a enfocarse en operaciones “antiterroristas” como las llevadas a cabo en Ecuador, salvo que ahora son las fuerzas armadas, y no el Departamento de Estado, las que llevan las riendas: ¿quién necesita ahora la fachada de la Organización de los Estados Americanos o la Cumbre de las Américas que Bill Clinton inauguró en Miami en 1994?
ESCUDO DE LAS AMÉRICAS
Forrest
Hylton
London
Review of Books
Los rasgos precisos del “CorolarioTrump” a la Doctrina Monroe, anunciado el pasado mes de septiembre, se han ido evidenciando. La región ha sido testigo de unas elecciones sospechosas en Honduras; del bombardeo y el asesinato de más de 150 pescadores en el Pacífico y el Caribe; del secuestro y la extradición del presidente Nicolás Maduro en Venezuela; del asesinato del narcotraficante “El Mencho” en México; la captura, en Bolivia, por parte de las fuerzas estadounidenses, de Sebastián Marset, quien dirigía la rama uruguaya del Primeiro Comando da Capital de Brasil; y operaciones militares conjuntas entre Estados Unidos y Ecuador que condujeron al bombardeo de un supuesto campamento de la guerrilla de las FARC en la frontera colombiana, dejando al menos 25 muertos.
La
primera Cumbre del Escudo de las Américas se celebró el 7 de marzo en uno de
los complejos de golf de Donald Trump en Florida. El presidente de EE. UU. dijo
a la docena de jefes de Estado aliados reunidos en el Trump National Doral
Miami que no tenía tiempo para aprender “vuestro maldito idioma”. Les reprendió
por el alcance del crimen organizado en sus países, como si las políticas
antidroga de EE. UU. no tuvieran nada que ver con ello. Trump dijo que estaría
encantado de utilizar misiles contra los traficantes si sus socios se lo
pidieran, y que Cuba estaba “al final de la lista”. Pete Hegseth declaró que
solo hablaba “americano”.
Como
en los años de Bush, la política estadounidense en el hemisferio occidental
vuelve a enfocarse en operaciones “antiterroristas” como las llevadas a cabo en
Ecuador, salvo que ahora son las fuerzas armadas, y no el Departamento de
Estado, las que llevan las riendas: ¿quién necesita ahora la fachada de la
Organización de los Estados Americanos o la Cumbre de las Américas que Bill
Clinton inauguró en Miami en 1994?
El
presidente de Ecuador, Daniel Noboa, acaparó la atención en el Doral por
expulsar al personal diplomático cubano y violar la Constitución de su país
(los votantes rechazaron su referéndum para permitir la presencia de bases o
fuerzas militares estadounidenses en territorio ecuatoriano). Nayib Bukele,
presidente de El Salvador y “carcelero” de Trump en el extranjero, estaba allí,
junto con Nasry Asfura, quien no sería presidente de Honduras de no ser por
Trump. El argentino Javier Milei ha acogido con entusiasmo la posibilidad de
una cooperación militar con las fuerzas especiales estadounidenses, el FBI y la
DEA. Es difícil imaginar que Chile, bajo el mandato de José Antonio Kast, se
oponga.
En
virtud de la Carta de Doral, los Estados participantes pueden adquirir material
militar estadounidense mediante préstamos sin intereses. La Carta también
establece un fondo destinado a puertos e infraestructuras, ya que uno de los
objetivos aparentes de la ofensiva militar contra los “carteles” es recuperar
el terreno económico perdido frente a China. Queda por ver qué parte del dinero
prometido se materializa, o cómo se relacionan ambos objetivos entre sí.
El
10 de marzo, el Congreso de Paraguay aprobó un proyecto de ley que otorga
inmunidad diplomática a todo el personal militar y civil de defensa
estadounidense. El proyecto de ley permite a estas personas vestir uniformes
militares estadounidenses, portar armas estadounidenses y circular por las
carreteras del país con permisos de conducir estadounidenses. Los ciudadanos
estadounidenses estarán sujetos a la legislación estadounidense, y no a la
paraguaya. Estados Unidos tenía un acuerdo similar en Irak, y los británicos
tuvieron uno en la China del siglo XIX. Este será el primer acuerdo de este
tipo en Sudamérica.
Las
autoridades paraguayas tienen derecho a ser informadas cuando el ejército
estadounidense traslade aviones, embarcaciones y vehículos terrestres por
territorio paraguayo, pero no a inspeccionarlos. La Marina y la Guardia Costera
de Estados Unidos tienen previsto aumentar su presencia en los ríos por los que
transita gran parte de la cocaína producida en Perú y Bolivia hacia puertos
atlánticos como Montevideo, Santos, Río de Janeiro y Salvador de Bahía, antes
de cruzar hacia África Occidental y Europa.
Al
igual que Milei, el presidente paraguayo, Santiago Peña, ha declarado al “Cártel
de los Soles” organización terrorista, a pesar de que el Departamento de
Justicia de EE. UU. ha explicado a Trump —quien quería acusar a Maduro de ser
su líder— que dicha organización no existe. Peña se abstuvo de comentar los
ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, pero condenó los ataques de
este último contra las monarquías del Golfo. Peña también ha solicitado al FBI
que dirija un centro de formación antiterrorista para compartir información de
inteligencia y luchar contra Hezbolá e Irán en la región de la triple frontera.
En
una reciente reunión con Lula, Trump intentó insistir en que Brasil designara
al PCC y al Comando Vermelho (CV) como “organizaciones terroristas”. El
presidente brasileño se negó a acceder a ello (el presidente de Bolivia,
Rodrigo Paz, se mostró más complaciente). Lula fue uno de los únicos cinco
jefes de Estado que asistieron a la cumbre de la Comunidad de Estados
Latinoamericanos y caribeños celebrada en Bogotá el 21 de marzo, donde advirtió
de los peligros del “nuevo colonialismo”, pero Itamaraty sigue imaginando el
futuro de Brasil más como miembro del grupo BRICS que como parte de América
Latina: sigue siendo incapaz de abordar, y mucho menos de afrontar, los
problemas regionales. Esto tiene profundas raíces históricas. Pero si alguna
vez hubo un momento para cambiar el enfoque de la escena mundial a la región,
con el fin de ejercer un liderazgo muy necesario, es ahora.
Las
encuestas indican que la carrera presidencial en Brasil está prácticamente
empatada entre Lula y Flávio Bolsonaro. Si Flávio resultara elegido en octubre
—con la ayuda de Trump—, es casi seguro que seguiría el ejemplo de Trump y
concedería la amnistía a su padre, Jair, así como a los altos mandos militares
que se encuentran actualmente encarcelados por su participación en los
disturbios ocurridos en Brasilia el 8 de enero de 2023. Probablemente se produzca
cierto nivel de “cooperación” entre el ejército y la policía con las agencias
estadounidenses para combatir las “organizaciones terroristas” similar al de
Paraguay, aunque, sin una reforma penitenciaria los líderes del PCC y del CV
actualmente encarcelados permanecerán en su condición actual.
Con
la quiebra del Banco Master y la detención de su director, Daniel Vorcaro, se
está destapando un escándalo de corrupción en el que están implicados jueces
del Tribunal Supremo, políticos de todos los partidos, destacados empresarios y
funcionarios del Gobierno. Lula no se encuentra entre ellos, pero Flávio
Bolsonaro aún podría encontrar la manera de sacar ventaja política del
escándalo, independientemente de cuántos de sus aliados puedan estar
involucrados, y a pesar de que el Gobierno de su padre fue el más corrupto —el
listón está alto— desde el retorno de Brasil a la democracia en la década de
1980. El índice de desaprobación de Lula se sitúa en el 61 %. La
victoria en octubre no será fácil.

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