lunes, 12 de enero de 2026

El ataque contra Venezuela

Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana.

 

ANÁLISIS GEOPOLÍTICO DEL
ATAQUE CONTRA VENEZUELA



José Ernesto Nováez Guerrero
La Jiribilla

Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana. No solo porque desde 1989 no ocurría algo de esta magnitud en nuestra región, sino también porque la forma en que se desarrollaron los hechos durante esa fatídica madrugada de inicios de 2026, abre numerosas interrogantes, que solo el tiempo aclarará en su total dimensión y significado.

Aunque resulta tentador para un analista y militante intentar desenredar el hilo de Ariadna de los hechos y acciones internos que concluyeron con la captura del legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, y que costaron muchas y valiosas vidas, considero que lo más útil en este momento es intentar entender el rumbo y las implicaciones que se abren para la región y el mundo con el accionar de los Estados Unidos. Sembrar dudas e incertidumbres en un país que intenta recomponerse ante una agresión contribuye a fracturar la unidad de las fuerzas revolucionarias internas, que es lo más importante hoy para preservar la continuidad del proyecto y sus conquistas. Además de que, con la información disponible y las campañas de guerra sicológica y comunicacional en curso, es fácil caer en prejuicios o falsas concepciones sobre el liderazgo del proyecto en este momento actual o en torno a figuras puntuales.

Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha concluido y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos. Luego de su artero ataque la madrugada de este 3 de enero, la administración Trump dejó claro su intención de dirigir Venezuela hasta garantizar una transición “adecuada” para los intereses de Estados Unidos y amenazó directamente a otros países de la región: Colombia, México y Cuba. El mensaje, al final del día, era para la región en su conjunto y sobre todo para aquellos países con gobiernos que sostienen una agenda de soberanía nacional y protección de sus recursos naturales.

Esta agresividad de Trump, que era visible desde su anterior mandato, ha encontrado en este nuevo período en la Casa Blanca una forma de expresión más acabada. Y no es que Trump sea más agresivo que otros presidentes de Estados Unidos (basta solo con dar un vistazo a la historia reciente), sencillamente está cambiando el foco de esa agresividad, motivado por dos hechos indiscutibles: el fracaso de la política militar de Estados Unidos en Asia Occidental y el creciente rezago de la economía estadounidense con respecto a China.

El perfil de la política de Washington en la región de Asia Occidental puede remontarse por lo menos a 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt se reúne con el rey Ibn Saud de Arabia Saudita. A partir de ahí se consolida el pacto estratégico de petróleo por seguridad, que convierte a la región en un espacio central de los intereses estadounidenses. Aunque en esta etapa la presencia es más política y económica que militar, sienta las bases de la intervención futura. La primera intervención directa y agresiva es posible situarla en 1953, con el golpe de Estado en Irán contra el primer ministro Mohammad Mossadegh, organizado por la CIA y el MI6 británico, tras la nacionalización del petróleo iraní. Este episodio marca el inicio explícito de la política estadounidense de cambio de régimen en Oriente Medio, y es considerado por muchos historiadores como el verdadero comienzo de la escalada intervencionista.

Durante las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos profundiza su implicación respaldando regímenes autoritarios aliados, fortaleciendo su apoyo estratégico a “Israel” y ampliando su presencia militar indirecta en el contexto de la Guerra Fría. La región se vuelve un tablero central de la competencia con la Unión Soviética, lo que legitima, desde Washington, una política cada vez más coercitiva. La escalada entra en una fase nueva y más militarizada tras la Revolución iraní de 1979, la crisis de los rehenes y la proclamación de la Doctrina Carter en 1980, que declara al Golfo Pérsico como zona de interés vital para Estados Unidos, justificando el uso de la fuerza para protegerlo. Desde ese momento, la intervención militar directa pasa a ser una opción explícita y permanente.

La desaparición de la URSS no cambió la agenda de Washington en la región. Numerosas invasiones y agresiones se sucedieron en los noventa y principios de los dos mil, fundamentalmente para garantizar el control de los recursos energéticos regionales. Sin embargo, la fuerte presencia militar estadounidense no garantizó la existencia de gobierno estables en los países invadidos y, por el contrario, fortaleció el auge de la Resistencia, como opción antiimperialista regional. El descalabro definitivo en Afganistán marcó el cambio de política en la estrategia exterior de esta administración. Miles de miles de millones, incontables vidas afganas y de militares estadounidenses y décadas de ocupación militar, no impidieron el retorno victorioso del movimiento Talibán al poder.

A todo esto se suma el hecho de que, precisamente a finales de los noventa y principios de los años 2000, se da el triunfo en la región de América Latina de varios gobiernos de corte nacionalista y progresista, algunos de los cuales inician un proceso más o menos radical de recuperación del control sobre sus recursos naturales, lo cual, inevitablemente, afecta los intereses de compañías norteamericanas en esos países. Son estos los años, también, en que China acelera aún más su desarrollo y comienza a desplazar a Estados Unidos como principal socio inversor y comercial en numerosos países del área, incluyendo economías colosales, como la brasileña.

Otro proceso que pudiera ser útil para entender lo que está ocurriendo tiene que ver con la mayor comprensión que se alcanza, en esos años, de la dimensión de los recursos naturales en América Latina. Washington siempre supo de las riquezas regionales y las explotó en su beneficio. Sin embargo, en las primeras dos décadas del siglo XXI se dan dos hechos que resultan ilustrativos de este punto. En 2011, Venezuela, que ya era un gran productor y exportador de petróleo confirma que, además, tiene las mayores reservas confirmadas a nivel global de hidrocarburos. Con cifras de 2024, Venezuela registró más de 303 200 millones de barriles de petróleo, seguido en segundo lugar por Arabia Saudita, con 267 200 millones de barriles e Irán, con 208 600 millones de barriles.

Adicionalmente, entre 2008 y 2010 se confirma que las mayores reservas de litio en el planeta se encuentran en el denominado como “triángulo del litio”: Argentina, Bolivia y Chile. Esto en un momento en que el auge de la tecnología digital ha convertido el litio en un recurso cada vez más estratégico para la hegemonía imperial.

Estos factores son parte de lo que explica la nueva estrategia imperialista de Estados Unidos, sintetizada en su doctrina de seguridad nacional, hecha pública a principios de diciembre de 2025. Esta Doctrina Monroe 2.0, Doctrina “Donroe” o Corolario Trump, como se quiera llamarlo, implica el retorno del eje de prioridad de la política exterior de Estados Unidos a América Latina y un enfoque distinto en su relación con el resto del planeta. De acuerdo con su actual presidente, el país se reserva el derecho de intervenir en cualquier parte donde considere que están siendo afectados sus intereses. Y como demuestra el caso de Venezuela, es muy flexible lo que Trump considera como “sus intereses”. Recordemos que, en su visión del mundo, el petróleo que yace en el subsuelo venezolano es propiedad estadounidense. Estados Unidos también dice abandonar la política de grandes invasiones y ocupaciones terrestres, sustituyéndola por un enfoque de “hit and run”, basado en el despliegue arrollador de superioridad técnica y militar por cortos períodos de tiempo contra objetivos específicos.

En la medida que se han ido agudizando las contradicciones de las potencias, con el ascenso de China, Estados Unidos ha ido abandonando la retórica liberal y retomando el viejo discurso y enfoque imperialista decimonónico. Trump es su expresión más visible, con constantes declaraciones que exponen al desnudo los intereses de Washington y que chocan con la retórica promovida por defecto por las instituciones del poder norteamericano.

Las acciones contra Venezuela son la puesta en práctica de este nuevo enfoque. Se articulan con todo el entramado de la política exterior de esta administración y responden a los mismos fines nacionalistas mezquinos. Se vinculan con las presiones y amenazas a Panamá, las declaraciones de intención sobre Groenlandia y la intromisión abierta en las elecciones en Honduras. Son parte del apoyo abierto y solapado, pero siempre presente, del retorno al poder en los países de la región de gobiernos autoritarios pro Washington, con escaso o nulo interés en la defensa de la soberanía y los recursos naturales. Gobiernos que son un recordatorio constante de la fragilidad de nuestros procesos independentistas americanos, la dependencia crónica de nuestras grandes burguesías nacionales a poderes externos y las inconsecuencias de lo que algunos teóricos han denominado como “ciclos progresistas”, muchos de cuyos gobiernos fueron incapaces de garantizar la continuidad de sus proyectos políticos, abriendo la puerta a la reacción.

Resulta importante también señalar que, mientras preparaban y ejecutaban la agresión contra Venezuela, Washington y su aliado sionista han promovido numerosos disturbios dentro de Irán. El propio Ayatollah Jameini advirtió que, si bien hay una base de descontento legítimo en las protestas, por la compleja situación económica que atraviesa el país, hay también numerosos agentes violentos del enemigo alimentando la escalada de la violencia.

Trump, en el paroxismo celebratorio de lo que percibe como una victoria contra Venezuela, declaró a Irán como un objetivo próximo, algo que activa las alarmas y trae el recuerdo del reciente conflicto donde la nación persa y su infraestructura nuclear fueron ilegal e inmoralmente agredidos.

Por último, la tibia reacción internacional ante lo ocurrido en Venezuela, incluyendo la lenta y tímida reacción de los órganos garantes del derecho internacional, hace temer que estamos asistiendo a la muerte del multilateralismo y del “mundo basado en reglas” que el propio Occidente configuró luego de la segunda guerra mundial. Esta alerta, que se ha reiterado en múltiples espacios y que hoy se hace más evidente, implica, en la práctica, el quiebre de las Naciones Unidas y la agudización de numerosas tensiones que podrían agravar sustantivamente el escenario político internacional. Es una crisis en cierta forma previsible, por la naturaleza del modelo económico imperante a nivel global, pero que no deja de tener numerosas implicaciones para los pueblos y el futuro de la especie.

Las tareas más urgentes en esta hora, considero, pasan por organizarnos, articularnos y prepararnos teóricamente. Solo la teoría revolucionaria nos dará las armas para poder incidir, práctica y efectivamente, en el mundo que vendrá. También, reitero, debemos apoyar a Venezuela en esta hora tan difícil y no sumarnos a campañas especulativas. Recordemos que más allá de los procesos políticos que se puedan o no haber verificado en las élites, hay en las bases un extraordinario proceso de articulación política y social, hay comunas por todo el territorio nacional, que forman parte de lo que debemos defender con urgencia. Ya habrá tiempo para el análisis crítico. Hoy la tarea es apoyar, defender y denunciar.




  Publicado por La Cuna del Sol

viernes, 19 de diciembre de 2025

Redadas de inmigración en Nueva Orleans

Parece interesante que una ciudad con un clima invernal fabuloso en general se convierta en el nuevo centro de atención durante las vacaciones, incluso, convenientemente, en la temporada de Mardi Gras. Será una divertida distracción para las jackboots que podrán disfrutar de las celebraciones que no existirían sin la mezcla de innumerables culturas en la ciudad. Las culturas que ellos vendrán a erradicar, por supuesto.

 

APUESTO QUE SÉ DÓNDE CONSEGUISTE TUS BOTAS MILITARES:
REDADAS DE INMIGRACIÓN EN NUEVA ORLEANS



Kathleen Wallace
Counterpunch

Otra ciudad se está preparando para recibir el “despliegue” de un contingente de inmigración. Esta vez, le toca el turno a Crescent City. Los detalles del plan de Nueva Orleans aún no están del todo claros, pero hay indicios de que las fuerzas que estuvieron desplegadas recientemente en Charlotte podrían llegar al sureste de Luisiana en diciembre, en lo que sería una invasión de la peor clase.

Parece interesante que una ciudad con un clima invernal fabuloso en general se convierta en el nuevo centro de atención durante las vacaciones, incluso, convenientemente, en la temporada de Mardi Gras. Será una divertida distracción para las jackboots que podrán disfrutar de las celebraciones que no existirían sin la mezcla de innumerables culturas en la ciudad. Las culturas que ellos vendrán a erradicar, por supuesto. Desplegarse después del 30 de noviembre significa que también podrán evitar la temporada de huracanes y cualquier preocupación por verse obligados a ayudar si uno de ellos azota la zona. No es que vayan a ofrecer ayuda alguna. Esta tropa que se aproxima viene con fines de destrucción y desplazamiento, lo que en realidad tiene más en común con los huracanes que con cualquier otra cosa.

Es aún más cruel si tenemos en cuenta que gran parte de la comunidad inmigrante de esta ciudad procede de Centroamérica. Países que se volvieron inestables y violentos debido al caos respaldado por Estados Unidos, a menudo a instancias de corporaciones como United Fruit. Nueva Orleans tiene una larga historia de estar implicada en este tipo de asuntos. En 1910, un grupo de gánsteres conspiradores, liderados por el ridículamente llamado Lee Christmas, se reunieron en la zona roja de Storyville, en Nueva Orleans, a instancias del ridículamente apodado Sam “The Banana Man” Zemurray (de United Fruit). Desde Storyville, planearon su asalto a una nación que no satisfacía los intereses corporativos del momento. Zemurray los necesitaba para deshacerse del gobierno del presidente Miguel Dávila en Honduras. El presidente quería limitar la propiedad extranjera en la nación y hacer que estos grupos especuladores pagaran impuestos. ¡Inaceptable! ¡Inaceptable! A lo mejor conozcan la antigua casa de Sam, es donde vive hoy el presidente de Tulane. A Sam se le han perdonado muchas fechorías porque regaló algunas cosas. Es como si un ladrón limpiara tu casa de todas las antigüedades y te devolviera, bueno... una banana a cambio. Pero, de todas maneras, sí, el líder de Honduras fue derrocado y otra nación más quedó inestable por culpa de manos ridículas y codiciosas.

Por supuesto, ese tipo de destrucción liderada por Estados Unidos en Centroamérica no terminó ahí. Las aventuras hondureñas fueron llevadas a cabo principalmente por intereses corporativos que recibieron un guiño y un empujoncito del gobierno estadounidense, sin embargo, en 1954 se estaba gestando un complot más flagrante respaldado por el gobierno estadounidense. Jacobo Árbenz, elegido democráticamente y proponente de la reforma agraria en Guatemala, también se estaba volviendo inaceptable para los intereses estadounidenses. Árbenz quería la reforma agraria debido a que los saqueadores extranjeros poseían y controlaban el 40 % de la tierra cultivable del país. El infortunado Árbenz no solo luchaba contra el Gobierno estadounidense, sino que también tenía que lidiar con el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays. Este era el hombre de relaciones públicas que convenció a las mujeres de que al fumar estaban encendiendo “antorchas de libertad”. Este tipo fue capaz de convencer a las mujeres de que la posibilidad de desarrollar tos de fumador, enfermedades pulmonares obstructivas y posiblemente cáncer era en realidad bastante liberador. Pero me estoy desviando del tema, estamos hablando de Guatemala.

Así que Bernays realizó una película propagandística titulada, “Journey to Banana Land”, para asustar a los estadounidenses y hacerles creer que estas tierras bananeras no eran más que avanzadillas del poder soviético y que cualquier medida era aceptable para neutralizar la amenaza. Parte de la propaganda consistía en mostrar escenas de masacres y culpar de ellas a Árbenz, cuando en realidad las escenas procedían de otros conflictos. El término “república bananera” proviene, por supuesto, de esta época. Nueva Orleans estuvo muy involucrada en la infraestructura que hizo posible la distribución a gran escala de bananas, desde cretinos como Sam the Banana Man y los “Ice Kings” que facilitaron parte del transporte. Las bananas eran muy importantes, por extraño que parezca hoy en día. Pensemos en las guerras por el petróleo a lo largo de los años; no hay nada nuevo bajo el sol y, cada vez que un recurso se vuelve lo suficientemente valioso, se cometen actos horribles para que los beneficios económicos se mantengan ininterrumpidamente.

De regreso a Guatemala en los años 50... El conocido y perfectamente cuerdo, Howard Hunt, fue el hombre clave de la CIA en ese golpe de Estado en particular. Ayudó a otros a crear una región enormemente desestabilizada. Aparecieron hombres crueles y codiciosos que trastornaron países enteros. Arrebataron a los ciudadanos su autonomía e intentaron robarles su dignidad. Fue un espectáculo enfermizo cuyas ramificaciones continúan. Creó lugares con guerras civiles encarnizadas y violencia relacionada con las drogas. Los intereses corporativos querían una población trabajadora dócil y sumisa, y no dudaban en dejar vacíos de inestabilidad creciente cuando ello convenía a sus intereses financieros.

Las personas huyeron de estas zonas conflictivas y, a menudo, encontraron trabajos agotadores y mal remunerados en los Estados Unidos. Trabajaban en los lugares que habían provocado la inestabilidad de sus propios países. Según la narrativa que prolifera hoy en día, que haría sentir orgulloso a Bernays, estas personas son ahora consideradas los villanos. Paradójicamente, si en su árbol genealógico había puritanos pervertidos como los que había en el mío, aquellos que abandonaron Europa porque la gente no los soportaba -bueno, ese es realmente un pedigrí que podemos avalar. Es una marca de honor, que las familias cuentan a sus hijos. La de “tus antepasados que se marcharon para construir una vida en un nuevo mundo y por eso estamos increíblemente orgullosos de ellos”. Si alguien huyo honestamente por razones de seguridad de Centroamérica o simplemente por la capacidad de mantener a tu familia con su duro trabajo, pero no era blanco, esto lo convierte en el ser maligno del momento. La clásica lógica del abusador. Por eso quieren borrar la verdadera historia y crear nada más que una narrativa artificial al estilo Bernays.

Algo más que se agrega a todo esto es que gran parte de la actual directriz imperial de odiar a los que vienen de México y de los países centroamericanos es muy probablemente solo un intento artificioso de buscar un chivo expiatorio debido al predominio de los tech bros y su infiltración en el movimiento MAGA. Curtis Yarvin, el último de una línea de filósofos de alcantarilla en consonancia con Ayn Rand del tipo “soy egoísta y necesito una forma de justificarlo”, ha tomado la teoría de otro tipo (Rene Gerard) y básicamente ha dicho que la sociedad tiene que tener un chivo expiatorio para canalizar una horrible energía intrínseca. Dios sabe que no quieren que se canalice hacia ellos, así que buscan a otro al que culpar. Es una medida cobarde y calculada para mantener distraídas a las masas. Miren aquí, mientras el mago mueve la mano hacia la derecha y les mete un conejo por el trasero desde la izquierda. Es un complot calculado y cobarde. Han encontrado un chivo expiatorio al que culpar y esperan que otros estadounidenses sean lo suficientemente estúpidos como para creérselo, mientras ellos siguen especulando de todas las formas posibles.

Es asombrosa la fría maldad que implica atacar a grupos que, literalmente, han construido gran parte de este país. Después del huracán Katrina, la ciudad de Nueva Orleans dependió de esos mismos grupos para poder reconstruirse tras los enormes daños sufridos. Cuentan que se instalaron tiendas de campaña en City Park, llenas de trabajadores, que encendían fogatas mientras se agrupaban para descansar. Trabajaban durante las horas del día, simplemente para despertarse y volver a hacerlo al día siguiente. El tipo de trabajo en el que la mayoría de nosotros fracasaríamos estrepitosamente si lo intentáramos. Un estudio de la Universidad de California en Berkeley indicó que la mitad de la reconstrucción tras el huracán Katrina fue realizada por trabajadores latinos y que una cuarta parte de ellos eran indocumentados, procedentes principalmente de México y Honduras. Muchos en la famosa ciudad azul recuerdan esto y la mayoría de los ciudadanos definitivamente no apoyan ninguna de las próximas depravadas redadas. Se trata de una fuerza de ocupación externa que planea llegar.

Es digno de mención el perdón que las personas de estos lugares han exteriorizado hacia la misma nación que trastornó la estabilidad de sus países de origen. Luego se dan cuenta que ese país vuelve a victimizarles... Este es el momento en el que la gente necesita conocer la verdadera historia de lo que ha hecho su nación y expiar sus culpas. No hay que quedarse en ese agujero de odio y codicia y seguir cavándolo, porque tarde o temprano ese comportamiento los llevará a ustedes y a los suyos a un infierno bien merecido.

Así que esperemos que la ciudad se una y proteja a las personas vulnerables contra quienes se dirige esta operación. Nueva Orleans necesita defenderse con lo que tiene a su alcance. Portland utilizó dinosaurios inflables. Nueva Orleans tiene excentricidad y algunos buenos viejos trucos callejeros a su disposición. Que todos los falsos monjes que piden dinero en el Barrio Francés pongan tantas pulseras a los intrusos que estos queden completamente agobiados por su peso. Que todos los apostadores callejeros de Bourbon Street digan a los miembros del ICE: “te apuesto 20 dólares a que sé dónde has cobseguido tus jackboots (botas militares)” y les bloqueen el paso, exasperándolos a más no poder hasta que les den todo su dinero. Cada ciudad se defiende a su manera, tal vez el camino a seguir para Nueva Orleans sea ampliar nuestra ya impresionante población de baches. ¡Ningún tanque pasará! Por supuesto, tampoco nuestros coches, pero eso lo podemos resolver más adelante. Puede ser un enfoque múltiple para lograr la capitulación total y la retirada de esta hermosa e imperfecta ciudad. La ciudad la cual es hermosa por su presencia multicultural e imperfecta por tratar a tantas personas como los “otros” a lo largo de los siglos, esclavizando y saqueando, conspirando contra nuestros vecinos del sur por el todopoderoso dólar.

 

Kathleen Wallace escribe desde el Medio Oeste de Estados Unidos. Sus escritos se recopilan en su página de Substack




Publicado por La Cuna del Sol

jueves, 20 de noviembre de 2025

Las deportaciones masivas no ayudan a los trabajadores, sino que hunden la economía.

Nuestra economía explota deliberadamente a los trabajadores, sean ciudadanos o no. El inmigrante que vive bajo la amenaza de la deportación y el ciudadano que lucha por pagar el alquiler comparten el mismo papel en este sistema: mano de obra que explotar, no personas a las que valorar.

 

LAS DEPORTACIONES MASIVAS NO AYUDAN
A LOS TRABAJADORES, SINO QUE
HUNDEN LA ECONOMÍA.



A.J. Schumann
Counterpunch

Donald Trump retornó a la presidencia apoyándose en el mismo falso discurso populista que utilizó como arma hace una década: ¡los inmigrantes “les están quitando el trabajo”!

Desde entonces, Trump ha puesto en marcha una severa campaña de persecusion de inmigrantes de proporciones históricas. Sin embargo, en lugar de cambiar la situación para los trabajadores estadounidenses, estamos asistiendo al mercado laboral más débil en años.

El Departamento de Seguridad Nacional afirma que 1.6 millones de inmigrantes indocumentados han abandonado el país voluntariamente desde que Trump asumió el cargo. Otros 527 000 han sido deportados como resultado de las redadas generalizadas y a menudo brutales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

Eso debería significar más ofertas de empleo para los trabajadores nacidos en Estados Unidos, ¿no? Pues no. Durante el mismo periodo, las empresas anunciaron más de 946 000 recortes de empleo, la cifra más alta desde 2020, mientras que los planes de contratación han caído a su nivel más bajo en 14 años.

Se prevé que la expulsión forzosa de tantos trabajadores reduzca el producto interior bruto del país hasta en un 6.8 %, lo que supondría un impacto mayor que el sufrido durante la Gran Recesión.

En industrias clave, los resultados serán aún peores.

Por ejemplo, dado que los inmigrantes representan casi un tercio de los trabajadores del cuidado de la salud a largo plazo, la mitad de los hogares de ancianos han dejado de admitir nuevos residentes. Mientras tanto, las granjas familiares, que ya cuentan con poco personal, han visto cómo su mano de obra inmigrante se reducía, una tendencia con implicaciones preocupantes para la producción de alimentos.

El populismo de derecha de Trump convierte el sufrimiento económico en un agravio nacional. Insiste en que la gente común sufre no por culpa de los multimillonarios, los grupos de presión y los políticos influyentes -con quienes el presidente juega al golf-, sino por culpa de los inmigrantes.

Es una narrativa que ha tenido repercusión mundial.

El partido extremista alemán Alternativa para Alemania (AfD) ha experimentado un auge en los últimos tiempos. La dirección del partido ha pedido la deportación masiva de todos los ciudadanos “no asimilados”, a pesar de que los extranjeros han sido en gran medida responsables del crecimiento económico de Alemania en los últimos años.

En Japón, la política de línea dura del partido gobernante, Sanae Takaichi, debe su ascenso a la misma fórmula xenófoba. Pero con una tasa de natalidad en caída libre y una población que envejece, Japón también necesitará pronto trabajadores extranjeros para sostener su economía.

Si un viajero del tiempo de la década de 1930 fuera transportado a la actualidad, sería comprensible que pensara que las ideologías extremistas de su propia época simplemente habían recibido una nueva capa de maquillaje.

La creencia es simple: si expulsamos um buen número de ellos, todo volverá a funcionar para nosotros.

Esta fantasía asume que hay un sistema saludable y autosuficiente enterrado bajo la superficie del statu quo, pero no es así. No hay una prosperidad oculta esperando a emerger una vez que los “forasteros” se hayan ido.

Nuestra economía explota deliberadamente a los trabajadores, sean ciudadanos o no. El inmigrante que vive bajo la amenaza de la deportación y el ciudadano que lucha por pagar el alquiler comparten el mismo papel en este sistema: mano de obra que explotar, no personas a las que valorar.

Trump y sus imitadores confían en convertir a estos dos en rivales. Pero el espectacular fracaso de sus esfuerzos demuestra que no se puede mejorar la situación de algunos trabajadores declarando la guerra a otros.

El populismo genuino significa defender a todos los trabajadores, independientemente de su nacionalidad. Y los sindicatos están demostrando como se hace esto.

Los sindicatos de todo el país están creando redes de respuesta rápida para defender a los trabajadores indocumentados durante las redadas del ICE, negociando cláusulas contractuales favorables a los inmigrantes y respaldando leyes que garanticen que todos los trabajadores puedan acceder a los servicios esenciales sin correr el riesgo de ser deportados.

David Huerta, presidente de SEIU California, fue incluso arrestado este verano durante una protesta contra el ICE en Los Ángeles. Los líderes sindicales como Huerta entienden que la única manera en que los trabajadores pueden obtener avances significativos es ampliando el concepto de “nosotros”.

Si el populismo tiene futuro, dependerá de que una a los trabajadores, no de que los enfrente entre sí.

 

A.J. Schumann is a Henry A. Wallace Fellow at the Institute for Policy Studies. The fellowship, supported by the Wallace Global Fund, trains young advocates for economic, racial, and social justice as a living memorial to Wallace’s legacy.




Publicado por La Cuna del Sol

viernes, 19 de septiembre de 2025

Una demostración de fuerza

Lo que Trump trataba de demostrar en Los Ángeles es que, en cualquier momento, puede proyectar su poder armado en todas las comunidades estadounidenses.

 

UNA DEMOSTRACIÓN DE FUERZA



Fintan O’Toole
The New York Review

El anhelo de Donald Trump de militarizar la política estadounidense y politizar el ejército estadounidense es una asignatura pendiente. Militarizar la política estadounidense significa definir a todos aquellos que no se ajustan a su versión de la normalidad como enemigos mortales a los que hay que enfrentarse como si fueran naciones extranjeras hostiles. Politizar el ejército significa desmantelar su imagen propia como institución que trasciende las divisiones partidistas, es ampliamente representativa de la población estadounidense y debe su lealtad primordial no al presidente sino a la Constitución. Estos objetivos están entrelazados, pero el primero no puede consumarse hasta que se haya logrado el segundo. Trump no lo consiguió en su primer mandato, pero está decidido a que no se le vuelva a boicotear.

A finales de mayo de 2020, mientras cientos de miles de personas salían a las calles de las ciudades estadounidenses para protestar por el asesinato de George Floyd a manos de un policía en Minneapolis, Trump celebraba una reunión con sus asesores en el Despacho Oval. Según cuentan Bob Woodward y Robert Costa en su libro, Peril (2021), Stephen Miller, el arquitecto de las políticas antiinmigración más extremas de Trump, aconsejó: "Señor presidente, están incendiando America. Antifa, Black Lives Matter, la están incendiando. Tiene una insurrección entre manos. Los bárbaros están a las puertas". El jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Mark Milley, respondió: “Cierra el pico, Steve”.

Citando el informe diario, Domestic Unrest National Overview, elaborado para él por su personal, Milley, le dijo al comandante en jefe: "Utilizaron pintura en aerosol, señor presidente. Eso no es insurrección". Señaló un retrato de Abraham Lincoln: “Ese tipo de ahí arriba, Lincoln, tuvo una insurrección”. Milley insistió en que las protestas de BLM “no eran un problema para que el ejército de Estados Unidos desplegara fuerzas en las calles de América, Sr. presidente”. Junto con otros soldados de verdad, Milley fue capaz de resistirse a la exigencia de Trump de que la 82ª División Aerotransportada fuera enviada a Washington. Pero eso fue en aquel entonces. Ahora no hay nadie en el Despacho Oval que mande a Miller callarse el pico o, que le explique a Trump, qué es una insurrección.

El 6 de junio, los agentes federales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas tomaron como objetivo lo que el juez de distrito estadounidense, Charles Breyer, citó como “varias localidades del centro de Los Ángeles y sus alrededores inmediatos” que eran “conocidos por tener importantes poblaciones de inmigrantes e industrias que emplean abundante mano de obra”. Detuvieron a cuarenta y cuatro trabajadores, entre ellos algunos jornaleros reunidos frente a dos tiendas de Home Depot y empleados de un almacén de Ambiance Apparel en el Distrito de la Moda.

El 7 de junio, momento en el que sólo se habían producido alrededor de una docena de detenciones en las protestas contra estas redadas, Trump emitió un memorando dirigido al secretario de Defensa, al fiscal general y al secretario de Seguridad Nacional en el que declaraba que estas manifestaciones “constituyen una forma de rebelión contra la autoridad del Gobierno de Estados Unidos”. Autorizó a su secretario de Defensa, Pete Hegseth, a tomar el control federal de la Guardia Nacional de California y a “emplear a tantos otros miembros de las Fuerzas Armadas regulares como sean necesarios”. El 9 de junio se habían desplegado en Los Ángeles unos 1700 soldados de la Guardia Nacional y setecientos marines estadounidenses, a pesar de que tanto el Departamento de Policía de Los Ángeles como el Departamento del Sheriff del condado de Los Ángeles habían dejado claro que no necesitaban recursos adicionales para manejar las protestas o reprimir los brotes de saqueos y vandalismo que se produjeron en lugares aledaños. Como subrayó Breyer en su sentencia de que la federalización de la Guardia Nacional por parte de Trump era “peligrosa” e ilegal, “no se puede discutir que la mayoría de los manifestantes se manifestaron pacíficamente”.

Por consiguiente, el despliegue de tropas de Trump en Los Ángeles no tenía ningún propósito militar. La mejor manera de entenderlo es como una contramanifestación. Para Trump, quienes protestan contra él no son más que “alborotadores, agitadores e insurrectos a sueldo”. No puede imaginar la disidencia a gran escala más que como una conspiración organizada profesionalmente. El ejército estadounidense, según esta lógica, es la propia multitud de Trump, organizada profesionalmente. El ejército debe estar presente en las calles para demostrar su poder personal. Esa presencia militar redefine a su vez a los manifestantes pacíficos como enemigos de Estados Unidos. Dejan de ser ciudadanos que ejercen derechos constitucionalmente protegidos como la libertad de expresión y reunión y se convierten en proscritos y extranjeros.

Además, los abogados de Trump argumentaron ante el tribunal que los manifestantes no necesitan participar en una rebelión para ser rebeldes. Breyer señaló en su fallo (que fue anulado en apelación) que “en un breve párrafo, los demandados sugieren que incluso si no hubiera rebelión que justificara federalizar la Guardia Nacional, todavía había un “peligro de rebelión”. La intención difícilmente podría ser más clara. Mientras Trump tenga oponentes políticos, su sola disidencia hace que el peligro de rebelión sea eterno y omnipresente. Lo que Trump intentaba demostrar en Los Ángeles es que, en cualquier momento, puede proyectar su poder armado en todas las comunidades estadounidenses. Esta es una forma de satisfacción de sus deseos que tiene profundas raíces en su psique.

En el mundo de Trump todo sucede dos veces: la primera como actuación y la segunda como realidad. En The Art of the Deal (1987), el best seller que construyó el mito de su propia creación personal, Trump, que esquivó el reclutamiento para la guerra de Vietnam debido a “espolones óseos”, incluyó tres fotografías suyas en uniforme militar. El atuendo es el de un gallardo oficial de alguna opereta ruritana más que el de un soldado del ejército estadounidense. En las dos primeras fotografías, tomadas en 1964 con motivo de su graduación en la Academia Militar de Nueva York, es el Príncipe Estudiante. Lo vemos gloriosamente ataviado con un sombrero de desfile de copa alta con penacho de plumas y barboquejo, una chaqueta hasta la cintura con hileras de botones de latón cruzados por un cinturón de hombro blanco y adornado con elaboradas charreteras y calcomanías, guantes blancos y un sable ceremonial. Es un soldado de juguete de un ejército imaginario.

Pero en la tercera foto encabeza un destacamento de jóvenes armados y uniformados en las calles de una ciudad estadounidense. Trump encabeza el contingente de su escuela preparatoria, marchando por la Quinta Avenida en el Desfile del Día de Colón en Nueva York, en 1963, un año en el que ya había más de 16 000 soldados estadounidenses en Vietnam. (Sorprendentemente, sus espolones óseos no parecen haber inhibido su capacidad para marchar sincronizadamente). Su propio pie de foto es extraño: “Esta fue mi primera oportunidad real de ver una propiedad de primera en la Quinta Avenida”. El parece estar ocupando Nueva York y a la vez buscando oportunidades en el territorio conquistado.

Sin embargo, Trump llegó a creer que esta actuación le convertía en un soldado de verdad. Michael D'Antonio, en su biografía, Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (2015), relataba que Trump

insistió en que en realidad había conocido la vida militar. En otra conversación indicó: “Siempre pensé que estaba en el ejército”. Dijo que en la preparatoria había recibido más entrenamiento militar que la mayoría de los soldados reales, y que había tenido que vivir bajo el mando de hombres... que habían sido oficiales y soldados de verdad. “Sentía que estaba en el ejército en un sentido real”.

Aquí quizá podamos discernir los orígenes de la extraordinaria habilidad de Trump para eliminar la diferencia entre actuación y realidad. Los dictadores arquetípicos del siglo XX -Benito Mussolini, Adolf Hitler, Francisco Franco, Augusto Pinochet- habían sido o seguían siendo soldados. Trump era un soldado “en un sentido verdadero”, con lo que presumiblemente quiere decir que un simulacro de masculinidad militar es más puro que la sucia realidad del combate: la guerra sin lágrimas.

Hasta que el espectáculo se vuelve realidad. Las bromas de Trump se vuelven extremadamente serias, su retórica provocadora se convierte en provocación violenta, y su fantasía ruritana se convierte en la pesadilla de Estados Unidos. Esto es lo que ocurrió el 6 de enero de 2021. El discurso de Trump a sus partidarios antes de la invasión del Capitolio fue el de un general que enciende a sus tropas para la batalla: "Y peleamos. Peleamos como el demonio. Y si no pelean como el demonio, ya no tendrán país". Pero en ese momento, Trump realmente no capitaneó sus tropas de asalto a ninguna parte, y según sus apologistas, “pelear como el demonio” no debía tomarse literalmente. El militarismo fascista de Trump conservó su cualidad performativa y permaneció suspendido entre los juegos de guerra de su juventud y la violencia real que a menudo amenaza con desatar como comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo. Por eso resulta tan apropiado que sus grandes avances hacia la dictadura militar en las últimas semanas hayan sido una mezcla de espectáculo y terror.

La gran marcha triunfal y fiesta de cumpleaños de Trump en Washington el 14 de junio fue tanto un espectáculo como un desfile: un millar de las tropas participantes iban vestidas con trajes alquilados a la Motion Picture Costume Company, que se describe a sí misma como “un proveedor líder de vestuario civil, militar y policial para la industria cinematográfica”. Las versiones de la historia que escenificaban las tropas dependían de la disponibilidad de trajes adecuados. Según USA Today, “el ejército eliminó del desfile la Guerra de 1812 y la Guerra Hispano-Americana tras tener problemas con el proceso de confección de los trajes”. 

El jolgorio de Washington fue, por consiguiente, una demostración de fuerza en la que el espectáculo fue al menos tan sobresaliente como la fuerza. Pero la frase tenía un significado paralelo y mucho más siniestro en las calles de Los Ángeles. Aquello fue un tipo muy diferente de drama de disfraces: caracterizar las protestas pacíficas y algo de vandalismo como guerra para que, en palabras de Trump, sus soldados pudieran “liberar Los Ángeles de la invasión migratoria”. Esto también era fingido, y también era una representación. Como lo expresó el gobernador de California, Gavin Newsom: “El gobierno federal se hace cargo de la Guardia Nacional de California y despliega 2 000 soldados en Los Ángeles, no porque haya escasez de fuerzas del orden, sino porque quieren un espectáculo”. Este espectáculo, sin embargo, no pretendía entretener. Era una película de guerra con armas de verdad.

El militarismo de Trump sigue estando en la fase meta, es decir, sigue tratándose del lenguaje y la forma principalmente. El juego de palabras que él está empleando es uno en el que “rebelión” e “insurrección” son despojados de todos sus significados anteriores de tal manera que puedan ser alterados según él escoja. Este es otro aspecto del impulso hacia el poder absoluto. Tal y como responde Humpty Dumpty cuando Alice discrepa de su afirmación de que una palabra significa “justo lo que yo elijo que signifique”: “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”. El reproche de Milley en mayo de 2020 -señalando que Lincoln fue el presidente que se enfrentó a una insurrección real- fue un desafío a la posición de Trump como maestro de significados. En el segundo mandato, no hay lugar para semejante insolencia.

El 10 de junio, justo después de enviar las tropas a Los Ángeles, Trump se jactó de rehabilitar la memoria oficial de los líderes de aquella insurrección. Dirigiéndose a lo que en realidad era un mitin político en Fort Bragg, Trump dijo a los soldados uniformados no sólo que había devuelto a la base su nombre original (en algún momento honró al general confederado Braxton Bragg, luego pasó a llamarse Fort Liberty, y bajo la nueva gestión llevará el nombre del paracaidista de la Segunda Guerra Mundial Roland Bragg), sino que “también vamos a restaurar los nombres de Fort Pickett, Fort Hood, Fort Gordon, Fort Rucker, Fort Polk, Fort A.P. Hill y Fort Robert E. Lee”. Se trata de otro juego de palabras: oficialmente, los héroes militares a los que se honra con los últimos renombramientos casualmente tienen los mismos apellidos que famosos insurrectos confederados. La restauración de los nombres de estas bases son, pues, elaborados juegos de palabras. En esta burlesca lingüística no son sólo los nombres los que significan lo que Trump quiere que signifiquen. También es la historia actual de la rebelión contra Estados Unidos. Él la ha colocado en un estado de animación suspendida donde se recuerda como heroica y se olvida como infame, como el 6 de enero.

Mientras tanto, la restauración de estas designaciones confederadas borra los nombres que las sustituyeron en 2023, los nombres de mujeres y personas de color: Charity Adams, Mary Edwards Walker, Richard Cavazos, William Henry Johnson. Esto también tiene un propósito. Al menos por ahora, el objetivo principal del despliegue de tropas de Trump en las calles de Los Ángeles no es la supresión violenta de la disidencia. Es la reconstrucción del propio ejército. Trump está instruyendo a las tropas sobre cómo deben pensar de sí mismas y de la naturaleza del país que se han comprometido a defender.

Hegseth, en su best seller, The War on Warriors (2024), escribe que “ya no quería este Ejército”. Este ejército es el que existe actualmente: de sus 1.3 millones de soldados en servicio activo, 230 000 son mujeres y más de 350 000 son negros. Trump nombró a Hegseth para hacer invisibles a muchos de estos soldados. The War on Warriors, lleva por subtítulo, Behind the Betrayal of the Men Who Keep Us Free. Ofrece “recuperar una imagen genuina del valor de los hombres fuertes”. Se trata de “hombres estadounidenses de sangre caliente”, hombres que “respetan a otros hombres fuertes, hábiles y dedicados” y no “hombres que se hacen pasar por mujeres, o viceversa”. De ello se deduce que las mujeres y los hombres negros que han ascendido en las filas del ejército son la némesis del buen soldado: “Un soldado negro o mujer que consigue un ascenso, principalmente por el color de su piel o por los genitales que tiene entre las piernas, causa que muera gente”.

Mientras Hegseth hipócritamente apoya la igualdad racial en el ejército (“No hay blancos y negros en nuestras filas. Todos somos verdes”), en otra parte de su libro insinúa falsamente que el nombramiento hecho por Joe Biden del general de las fuerzas aéreas Charles Q. Brown Jr. para suceder a Milley como jefe del Estado Mayor Conjunto fue una contratación basada en la diversidad: "¿Fue por el color de su piel? ¿O por su habilidad? Nunca lo sabremos, pero siempre dudamos". Esto difícilmente puede calificarse de discurso en código racista; el tono es demasiado bajo y descaradamente muy alto. Trump puntualmente despidió a Brown, una obertura inequívoca para un proyecto mucho más amplio.

La reinvención trumpiana del ejército estadounidense no tiene nada que ver con combatir en guerras en el extranjero. Se trata únicamente de reafirmar la naturaleza innatamente blanca y masculina de Estados Unidos. Según Hegseth, “el elemento clave del ejército son los hombres normales”: “Los tipos normales siempre han luchado, y ganado, nuestras guerras”. Su visión, tal como él lo explica, es restaurar no sólo el valor de los hombres fuertes, sino también “la importancia de la normalidad”. El ejército debe renacer profundamente transformado: la encarnación de una nación de hombres estadounidenses de sangre caliente. No es necesario explicar lo que esto significa para los estadounidenses anormales de sangre impura.

En este sentido, poner tropas en las calles de Los Ángeles es un ejercicio de entrenamiento para el ejército, una forma de reorientación. Los soldados están siendo reentrenados para que le sean leales al presidente y no a la Constitución. Mientras tanto, se están acostumbrando a enfrentarse a esa America desviada y anómala. En su discurso de Fort Bragg, Trump invitó a las tropas a ver a los manifestantes de Los Ángeles como invasores: “No permitiremos que una ciudad estadounidense sea invadida y conquistada por un enemigo foráneo, y eso es lo que son”. Pero lo que estaba ocurriendo en Los Ángeles era, según él, incluso peor que una incursión armada:

Estos miembros de las fuerzas armadas no sólo están defendiendo a los honrados ciudadanos de California, también están defendiendo a nuestra propia república, y son héroes, están ahí, son héroes. Están luchando por nosotros, están deteniendo una invasión igual que lo harían ustedes. La gran diferencia es que la mayoría de las veces cuando se detiene una invasión, ellos llevan uniforme. En muchos sentidos, es más duro cuando no llevan uniforme porque no sabes exactamente quiénes son.

Si el ejército no sabe exactamente quiénes son “ellos”, hay que decírlo. Trump recordó a las tropas que su propósito es sembrar el miedo: “Para nuestros adversarios, no hay mayor miedo que el Ejército de Estados Unidos”. Su trabajo ahora es difundir ese miedo a una masa no uniformada y, por lo tanto, desconocida de enemigos internos. Del mismo modo que Trump transforma la rebelión real en el vago, pero omnipresente “peligro de una rebelión”, igual hace que el ejército invasor sea invisible, amorfo y fluido. La doctrina militar tradicional exige una comprensión clara de la naturaleza de la amenaza y de la configuración de las fuerzas opuestas. Por el contrario, en la doctrina Trump la amenaza debe ser lo más nebulosa posible, y las fuerzas opositoras deben carecer de forma. De ahí que, sólo el comandante en jefe puede en un momento dado, sugerir cuáles son. El enemigo al que el ejército debe aprender a enfrentarse es el que él, y sólo él, puede conjurar.

En ese aspecto, Trump está ofreciendo a los soldados lo que los líderes fascistas siempre han ofrecido a sus seguidores: una peculiar amalgama de lo excitante de la transgresión y la sumisa entrega a la obediencia absoluta. A los nuevos tenientes y sargentos se les entrega (al menos por ahora) un documento titulado The Army: A Primer to Our Profession of Arms. La prohibición de cualquier manifestación de partidismo es enfática:

El Ejército como institución debe ser apartidista y parecerlo también. Ser apartidista significa no favorecer a ningún partido o grupo político específico. El apartidismo garantiza al público que nuestro Ejército siempre servirá a la Constitución y a nuestro pueblo con lealtad y capacidad de respuesta. Cuando se representa al Ejército o se viste el uniforme, también debe comportarse de manera imparcial.

En Fort Bragg, Trump incitó a los soldados uniformados detrás de él a abuchear a la prensa y reírse de sus oponentes políticos, desobedeciendo así esas prohibiciones, mientras una tienda temporal en la base vendía ropa y joyas con la marca MAGA y tarjetas de crédito falsas con la etiqueta "TARJETA DE PRIVILEGIO BLANCO: SUPERA TODO". Esta insubordinación organizada tenía un punto obvio: los soldados deben transferir su obediencia del ejército y la Constitución al propio Trump.

El manual deja claro a los soldados que no deben obedecer órdenes ilegales:

Cuando crean que les están dando una orden ilegal, deben tomar las medidas siguientes: preparase adecuadamente, buscar consejo y dirigirse a los jefes para que aclaren la situación. Si esto falla o saben que lo que les piden es ilegal, entonces su deber es desobedecer y cumplir la ley, por muy firme que sea la postura de tus superiores.

Desde este punto de vista, en realidad conviene a los propósitos de Trump que la federalización de la Guardia Nacional se entienda como ilegal. Su despliegue de tropas en Los Ángeles pretende disolver los límites entre los conflictos domésticos y las guerras foráneas, entre la realidad y la actuación y, sobre todo, entre una democracia sujeta a la ley y un gobierno arbitrario. Acostumbrar a los soldados a seguir órdenes ilegales y a hacer caso omiso a su “deber de la desobediencia” es un gran paso hacia la autocracia.

Tal y como demostró su vacilación sobre si bombardear o no Irán, Trump tiene un problema: el fascismo tiende inexorablemente hacia la guerra, pero gran parte de su atractivo reside en su promesa de poner fin a los conflictos foráneos de Estados Unidos. Parte de la solución es montar espectáculos puntuales: bombarderos invisibles B-2 lanzando bombas antibúnker de 30 000 libras. La otra parte es repatriar la idea de boots on the ground (tropas terrestres en servicio activo en operaciones militares). Al igual que los iPhones y los productos farmacéuticos, ese tipo de guerra ya no se fabricará en el extranjero. Se fabricará en todo Estados Unidos.

 

—Junio 26, 2025




Publicado por La Cuna del Sol

jueves, 21 de agosto de 2025

El espectáculo de intimidación del ICE

Los inmigrantes que acuden a los tribunales de Manhattan deben sortear filas de agentes federales enmascarados.

 

EL ESPECTÁCULO DE INTIMIDACIÓN DEL ICE




Un agente federal detiene a un hombre en el número 26 de Federal Plaza. Decenas de personas tienen audiencias en los tribunales de inmigración de Nueva York cada día, y ahora se enfrentan a la posibilidad de ser detenidas por el mero hecho de presentarse, independientemente del estado actual de sus casos.

New Yorker
Photography by Mark Peterson
August 4, 2025

Desde la primavera, en los juzgados federales del centro de Manhattan, cientos de agentes del ICE y de otras agencias gubernamentales se alinean en los pasillos y vestíbulos, a la espera de detener a algunos inmigrantes a la salida de sus audiencias de inmigración. Muchos de los agentes van enmascarados y armados, y van vestidos con equipo táctico, a pesar de que todos los visitantes de los edificios deben pasar por un control de seguridad de nivel aeroportuario.



Grupos de agentes, en su mayoría hombres enmascarados, esperan la conclusión de las audiencias en la decimocuarta planta del 26 de Federal Plaza.

Decenas de observadores, defensores de los inmigrantes y miembros de la prensa acuden cada día para presenciar las detenciones, que a menudo se producen sin respetar las garantías procesales. Puede que ni siquiera importe cómo se pronuncie un juez en el caso de alguien. Los inmigrantes parecen estar en estado de shock cuando se acercan los agentes; los familiares pueden incluso gritar o sollozar cuando se llevan a su ser querido.

Retratos del presidente Donald Trump y del vicepresidente J. D. Vance cuelgan en el vestíbulo del 290 de Broadway.

Un agente del ICE con una camiseta de “Defend Liberty” detiene a un hombre que acaba de salir de su audiencia en el 26 de Federal Plaza. Los reporteros gráficos y de vídeo solo pueden trabajar en los pasillos fuera de los tribunales.

El fotógrafo Mark Peterson pasó varias semanas este verano documentando estas escenas en Federal Plaza. “Es una imagen que imagino que la Administración quiere que se difunda: estos tipos, armados hasta los dientes, enmascarados y con chalecos antibalas, deteniendo a la gente”, expresó. “Es evidente que el Gobierno se fija en las fotografías que la gente toma”. Peterson ha llegado a comprender los ritmos del lugar. A veces los agentes entablan conversaciones triviales mientras esperan a que finalicen las audiencias. Uno de los agentes preguntó a Peterson por el tipo de cámara que utiliza. Otros apodaron a una de sus colegas the GOAT (Greatest Of All Time) después de enterarse de que ella había ganado un prestigioso premio de fotografía.

Jumaane Williams, defensor público de la ciudad, y Brad Lander, interventor municipal, hablan con un agente del D.H.S. en el número 26 de Federal Plaza. Lander, candidato que fracaso en su intento de ser el canidato a la alcaldía en las primarias demócratas de este año, fue detenido en junio tras acompañar a un inmigrante fuera de su audiencia y negarse a soltar el brazo del hombre cuando los agentes intentaron llevárselo.

Los agentes del ICE suelen ir armados a los tribunales. Los pasillos y las salas de espera están en absoluto silencio mientras los agentes inspeccionan a los inmigrantes presentes.

Un manifestante en las afueras de los tribunales sostiene carteles de detenidos con la pregunta, en español, “¿DÓNDE ESTÁN?”.  

Atrapados entre la espada y la pared se encuentra gente común y corriente: los hombres solteros, las parejas jóvenes, los niños pequeños a los que se obliga a caminar a través de este espectáculo de intimidación patrocinado por el Estado. Las imágenes en blanco y negro de Peterson, cargadas de flashes y sombras, evocan el cine negro y la fotografía de delincuencia urbana de los años treinta y cuarenta. “Si alguien lo hace todo bien y aun así le detienen, es la escena de un crimen”, afirma Peterson. Cada vez son más los inmigrantes que faltan a sus citas con el tribunal -y se exponen a la deportación- porque prefieren esconderse a enfrentarse al peligro y la humillación que puede suponer la Plaza Federal. Uno sólo puede imaginar que esto, también, es parte de ese objetivo.

 

—Jordan Salama


Defensores y abogados de los inmigrantes aconsejan cada vez más a los inmigrantes con niños pequeños que los lleven al juzgado, sabiendo que la mayoría de las personas detenidas son adultos solteros, en su mayoría hombres.


Publicado en la edición impresa del 11 de agosto de 2025, con el titular “Crime Scene”.




Publicado por La Cuna del Sol

viernes, 25 de julio de 2025

Hambruna en Palestina

Una vez superado este punto crítico, las hambrunas tienden a seguir un patrón catastrófico que se refuerza a sí mismo, algo que ya se puede observar en Gaza.

 

HAMBRUNA EN PALESTINA:
YA HAN MUERTO MÁS DE
400 000 PERSONAS


The Moon of Alabama

Los colonos fanáticos de la entidad sionista se han convertido en un peligro para todos los demás pueblos. Deben ser dispersados.

Gaza ha superado el punto crítico de la hambruna:

Una vez superado este punto crítico, las hambrunas tienden a seguir un patrón catastrófico que se refuerza a sí mismo, algo que ya se puede observar en Gaza. Una lenta propagación de la muerte da paso a una rápida y masiva mortandad a medida que los órganos fallan, el sistema inmunológico colapsa y las víctimas pierden la voluntad de seguir adelante. Una vez que comienza la hambruna, las muertes tienden a aumentar exponencialmente, lo que significa que esperar a que se confirme que se ha superado el umbral técnico para tomar medidas correctivas podría condenar a la muerte a miles de personas, especialmente a niños pequeños.

Si no se hace nada, no solo habrá miles, sino cientos de miles de muertos en Gaza.

Me avergüenza vivir en un país «occidental» donde el gobierno proclama su superioridad moral, pero se niega a hacer algo al respecto.

Adicional:

En febrero, Trump dijo que quedaban 1.8 millones de personas en Gaza.

Lo titulé de la siguiente manera:

Trump quiere tomar el control de Gaza y anuncia 500 000 muertos

En 2023, el recuento de la población de Gaza realizado por la internacionalmente reconocida, Oficina Central de Estadística de Palestina, ascendía a 2 226 544 habitantes. Trump quiere expulsar a todos los palestinos de Gaza y cifra su número en 1.7 u 1.8 millones:

Periodista: ¿Cuántas personas cree que deben abandonar Gaza?

Trump: “Todos ellos. Probablemente un millón setecientos, quizá un millón ochocientos. Serán instalados en zonas donde puedan vivir una vida maravillosa”. (vídeo)

Este es un reconocimiento, por parte del presidente de los Estados Unidos, de que los sionistas genocidas han asesinado hasta 500 000 personas en Gaza.

Los cálculos de Steven Donziger ahora confirman ese rango.

CONMOCIÓN: Israel ha matado al 20.7 % de la población de Gaza. Eso supone 434 000 personas. - Donziger on Justice, 22 de julio de 2025.

Estos son los últimos datos, actualizados ayer (21 de julio): según un modelo estadístico desarrollado por la prestigiosa revista médica The Lancet, Israel ha matado a unas 434 800 personas en Gaza desde que el ejército del país comenzó a atacar el territorio el 8 de octubre de 2023. Eso supone el 20,7 % de la población total de Gaza antes del conflicto. Más de la mitad son mujeres y niños.

Si el mismo nivel de asesinatos y muertes indirectas que se produjeron en Gaza durante los 594 días del conflicto hubiera ocurrido en Estados Unidos en proporción a la población, habrían muerto aproximadamente 70 millones de estadounidenses.




Publicado por La Cuna del Sol