miércoles, 4 de febrero de 2015

La facción de los Lucíos

Entre los pasajes de la historia olvidada de Guatemala, están aquellos que corresponden a las sublevaciones de los campesinos de las montañas del oriente del país. A mediados de octubre de 1847, diez años después de la primera rebelión que había sido dirigida por Rafael Carrera en contra del gobierno democrático de Mariano Gálvez, surgió otra en el oriente de la república. Esta rebelión (llamada la “guerra de la montaña”), era de los “montañeses” contra la tiranía de Carrera. Estos rebeldes conocidos como “Lucíos” o “la facción de los Lucíos” habían adoptado ese nombre de su máximo líder José Lucío López, un terrateniente jutiapaneco y comerciante acomodado que denunció las anomalías del régimen de Carrera lo que provocó que fuera asesinado. Pero su muerte no acabó con el movimiento, enfurecidos sus seguidores por la muerte de López tomaron por asalto la hacienda de Palencia propiedad de Rafael Carrera, dando inicio a una lucha que se prolongaría hasta el final del conflicto, el 15 de diciembre de 1863, cuando los “Lucíos”, Agustín Pérez y su hermano Pablo, fueron capturados y fusilados en Jutiapa. Vale destacar que las acciones de los “facciosos”, “montañeses” o “lucíos, son ante los ojos de algunos escritores liberales, “tropelías”, actos de “bandolerismo” o de “brutalidad” motivados por la ambición y el odio. Sin embargo, esas apreciaciones descalificadoras, las mismas que se siguen utilizando contra los movimientos campesinos de hoy en día, obvian que la insurrección de los Lucíos fue por reivindicaciones sociales y políticas, ante el más terrible abandono en que se encontraban las masas campesinas, pues de hecho, los colonos y mozos de las grandes propiedades agrícolas de la Iglesia vivían en condiciones de esclavitud. Los Lucíos fue una guerrilla progresista que se sublevó ante los atropellos y las injusticias de la tiranía, al igual que lo hacen hoy las masas campesinas en las montañas del oriente de Guatemala.


LA FACCIÓN DE LOS LUCÍOS



Tomado del libro “Crónicas y tradicionales orales de Jutiapa”, de Luciano Castro Barillas.

Las rebeliones campesinas de las montañas del oriente de Guatemala fueron movimientos políticos de doble signo, es decir, una incasable disputa entre dos bandos, aparentemente distintos, pero con iguales intereses de clase. Nos referimos a los liberales y a los conservadores. Esos dos partidos del siglo XIX estaban integrados por personas que descendían de los conquistadores. Los liberales eran menos ricos que los conservadores y en el fondo esas eran las razones de sus diferencias. No estaban preocupados por el destino de los dos grandes grupos sociales marginados de esa época: los indígenas y los ladinos. Y menos aún del joven país. Todo el pleito entre esos dos grupos de politiqueros era por la envidia y la codicia.

La primera insurrección campesina se da contra el gobierno democrático del doctor Mariano Gálvez, por instigaciones del sector ultraconservador de los criollos, aliados con la Iglesia Católica en el año de 1837. Estas primeras guerrillas campesinas son jefeadas por un ignorante pastor de cerdos llamado Rafael Carrera, quien se oponía a los esfuerzos de modernización del Estado emprendido por el gobierno, digamos progresista, del doctor Gálvez. El programa político del doctor Gálvez tuvo, entre otras cosas avanzadas para la época, la creación del matrimonio civil, pues por esos años solo existían los matrimonios eclesiásticos de la iglesia, lo cual iba en detrimento de los intereses de la Iglesia, quien difundió la calumnia que el matrimonio civil y el divorcio era instituciones creadas por el demonio y contrarias a Cristo. También se hicieron importantes esfuerzos de reforma del código procesal penal integrado por jurados de conciencia, que juzgaban directamente a las personas y no papeles, o sea gruesos expedientes que por lo común pasaban años guardados en las gavetas de los tribunales. Pero hay que hacer una aclaración. Las guerrillas de Carrera eran antidemocráticas e incondicionales servidores de la Iglesia Católica. La Iglesia los manipulaba en función de sus intereses, porque no hay que olvidar que era la gran propietaria de la tierra agrícola, de innumerables inmuebles urbanos y además fueron ellos los primeros prestamistas, contrario a lo enseñado por la doctrina cristiana, en cuanto a que los religiosos no deben estar apegados a los bienes materiales. Las guerrillas derechistas de Rafael Carrera se conocían por esos años como “facciones”. De allí el otro nombre con que se conoce a los guerrilleros: facciosos. Esas guerrillas era conocidas como los “facciosos carreristas” o los “faccioso cachurecos”, por su obediencia ciega a lo que les ordenaba la Iglesia Católica.

La segunda rebelión campesina ocurrió cuando ya Rafael Carrera se había hecho con el poder, en el período comprendido entre 1846 y 1851. Esta insurrección campesina fue por reivindicaciones sociales y políticas, ante el más terrible abandono en que se encontraban las masas campesinas, pues de hecho, los colonos y mozos de las grandes propiedades agrícolas de la Iglesia vivían en condiciones de esclavitud. A estas guerrillas progresistas les llamaron “Los Lucíos”, por el nombre de su máximo jefe, campesino y próspero comerciante originario de la aldea Encino Gacho, del municipio de Jutiapa, cuya familia se había radicado en Palencia por esos años.

La última rebelión campesina fue la de “Los Remicheros”, otra guerrilla campesina contrarrevolucionaria o de derecha y tuvo por escenario, nuevamente, el departamento de Jutiapa, por esos años Jutiapa pertenecía al Distrito de Mita, que incluía también dentro de su territorio a los actuales departamentos de Jalapa y Santa Rosa. Las masas campesinas fueron nuevamente manipuladas por la Iglesia Católica, en esa época sí fue afectada de manera real, porque les confiscaron sus grandes extensiones de tierras y propiedades urbanas, además del negocio de préstamos; por las medidas que el gobierno liberal de Justo Rufino Barrios puso en marcha. Los liberales en todo el mundo eran anticlericales, es decir, contra de los curas; porque no eran o no sean quizá, el mejor ejemplo de una vida cristiana. La rebelión estalló el 14 de noviembre de 1873 en las montañas de El Pashte o El Durazno, como a dos años y medio del triunfo de la Revolución Liberal. Esa montaña se encuentra ubicada entre los municipios de San Luis Jilotepeque y San Pedro Pinula del departamento de Jalapa. Eran jefeadas por Leandro Cruz y al cabo de ocho meses de campaña fueron aniquilados por el general Justo Rufino Barrios en persona en la Batalla del Cubilete, pequeño cerro o volcán ubicado al oriente de la aldea Achuapa, hoy cabecera del municipio de El Progreso, Jutiapa.

Ahora bien, a rebelión campesina de mayor importancia militar e incidencia histórica, asimismo por el teatro de operaciones y tiempo transcurrido fue la de Los Lucíos. Esa insurrección contra Rafael Carrera encontró respaldo en casi todo el país. La rebelión estalló entre la noche del 15 y la madrugada del 16 de octubre de 1847, tomando por asalto la hacienda de Palencia, propiedad de Rafael Carrera y que anteriormente fuera propiedad de los curas dominicos. Los conservadores y los curas dominicos para congraciarse con Carrera se la dieron como regalo por “los heroicos servicios prestados a la Patria”, pasando por alto que a causa de las intrigas de los guatemaltecos, principalmente, se dio el rompimiento definitivo de la República Federal de Centro América. La propiedad constaba de 96 caballerías y en esa propiedad la mujer de Rafael Carrera acaparaba todos los artículos de primera necesidad, provocando la artificial escasez un encarecimiento de precios. Esta situación anómala fue denunciada por un terrateniente jutiapaneco y comerciante acomodado llamado José Lucio López, ya por esos años un hombre joven de cuarenta y tres años de edad y de gran prestigio en Palencia. Era de estatura mediana, moreno, de tupida barba, de torso ancho y experimentado jinete y amansador. Al final, fue asesinado por Carrera por sus constantes críticas al régimen, entre ellas una de carácter particular: la restricción a la actividad comercial de los guatemaltecos, en especial a los vecinos de Palencia, contra quien Carrera tenía ojeriza y en cuya ceiba ahorcó al general Serapio Cruz, conocido liberal de esos años, popularmente conocido como Tata Lapo. El crimen cometido contra familiares de José Lucio López fue la gota que derramó el vaso y dio origen al asalto de la hacienda de Carrera. El Estado Mayor de la guerrilla de José Lucio López lo integraron Francisco Carrillo, Mauricio Ambrosio, Agustín Pérez, Roberto Reyes y León Raymundo; sin embargo, la ignorancia y barbarie de muchos que se sumaron al movimiento rebelde, echaron a perder los nobles ideales de la rebelión contra el régimen conservador y de justicia social, asimismo de libertades políticas y económicas.

Se desplazaron los insurrectos a la tierra natal de José Lucio López y en Encino Gacho y Huertas contaban Los Lucíos con un fortísimo y temido contingente de hombres equipados con arma blanca: machete corvo, machete calabozo, puñal y navaja de cola para degollar a los enemigos. Les apodaban el Batallón de los Macheteros o Batallón de los Rodajeadores, por aniquilar a sus enemigos virtualmente en rodajas o picadillo, como estilan decir todavía los campesinos de la montaña. La generalización del conflicto causó profundas preocupaciones a Carrera, a los conservadores y al clero, que pronto aceitaron su maquinaria propagandística y desinformativa a través de la Gaceta de Guatemala, en cuyas páginas se disminuía la explosiva situación del país. La edición del 10 de diciembre de 1847 consignaba lo siguiente: “Continúan los avisos de que en las montañas que están al oriente de esta ciudad hay partidas de ladrones y asegúrase que una de ellas entró anoche a Jalpa y asesinó al alcalde segundo. Pero esos ladrones o lo que sean, no tocan el distrito de San Rosa, ni pueden hacer pie en el de Mita, donde la actividad y la energía del general Solares y el coronel Figueroa, mantienen inalterable el orden público. Las consecuencias ya se dejan ver. Por lo demás en todos los departamentos reina la tranquilidad”.

En el desarrollo del conflicto, que tendía a internacionalizarse por el hecho que El Salvador proporcionaba armas a la facción de Los Lucíos, Rafael Carrera dispone ampliar las medidas de control social, político y militar, creando nuevas circunscripciones territoriales para mejorar la administración polític-militar. Con prontitud se emite un Decreto que en su parte esencial consigna lo siguiente: “(…) y lo diseminado que se hayan los habitantes del departamento de Mita, es indispensable por las causas indicadas… DECRETA: 1º. El departamento de Mita se divide para su mejor administración en tres distritos que se denominarán; el primero Jutiapa, el segundo Santa Rosa y el tercero Jalapa. 2º. El Distrito de Jutiapa comprenderá las poblaciones siguientes: Jutiapa como cabecera, Yupiltepeque, las dos Mitas y sus valles con Suchitán, San Antonio, Achuapa, Atescatempa, Zapotitlán, Contepeque, Chingos, Quequesque, Limones, Tempisque, Comapa, Jalpatagua, Azulco, Conguaco y Moyuta. Guatemala, 23 de febrero de 1848”.

Las atrocidades sobredimensionadas, pero algunas ciertas, eran invariablemente publicadas en la Gaceta de Guatemala, que funcionaba, como siempre ha sido; como relacionista público del Estado y en ese caso como órgano de divulgación de los partes de guerra de las fuerzas de Carrera; sin embargo, lo dicho en esa ocasión era vedad, no simple propaganda: “(…) sabidas son las violencias que el 16 pasado cometió la partida de Agustín Pérez en Santa Catarina Mita y las depredaciones que a principios de este ejecutó en la hacienda San Jerónimo, la que capitaneaba el indio Lucas”. Los partes de guerra favorables o minimizados no cesaban de fluir para llevar tranquilidad a la población y restarle base social a las guerrillas de Los Lucíos. He aquí otro ejemplo de lo publicado por esos años: “(…) de Jutiapa se da cuenta que la tranquilidad está retornando, aunque lentamente. Y los destacamentos que ejercen vigilancia en estos lugares salen periódicamente en nuevas partidas que todavía han quedado sin ser ya una amenaza efectiva. De Santa Catarina Mita comunican que se ha capturado al cabecilla Ramón Aguilar, quien iba solo y fugitivo”.

Ya para 1860 Los Lucíos entraron en un período de agotamiento y ante los constantes sitios y asaltos a que era sometida la población de Jutiapa, se destacó para combatir a los guerrilleros de filiación liberal al entonces teniente coronel don Leandro Navas, bajo cuya dirección se remodeló el fuerte de la villa de San Cristóbal Jutiapa construyéndole un altillo, o sea un segundo nivel, con torre de reloj al medio y troneras para el oriente para contener una eventual invasión de los salvadoreños. Se sumó a las operaciones contrainsurgentes don Mariano Arzú, quien por cierto nunca pudo tomar las fortificaciones de los cantones rebeldes de la Montaña de Jutiapa y tuvo que bajar en algunas ocasiones con considerable cantidad de muertos y heridos. Al final del conflicto de Los Lucíos, Agustín Pérez y su hermano Pablo, fueron capturados y fusilados en Jutiapa el 15 de diciembre de 1863, a las doce del día y enterrados a un costado de la iglesia parroquial de Jutiapa.

Las responsabilidades del enterramiento el dictador Carrera se las trasladó al cura de la villa, concluyendo de ese manera el movimiento armado de Los Lucíos, quienes se alzaron en armas contra las arbitrariedades de Carrera, la Iglesia y los conservadores. Los Lucíos pervivieron muchos años en la memoria de los jutiapanecos con encontrados sentimientos de admiración, temor y odio.





Publicado por La Cuna del Sol
USA.

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