domingo, 19 de enero de 2020

Todo bien, sin novedad en Guatemala

Un nuevo presidente ha sido juramentado para hacerse cargo del destino de esa pequeña nación centroamericana por los próximos cuatro años. Uno más de los tantos que engrosaran la lista de esos nefastos personajes de los cuales está plagada la triste historia de Guatemala. Normal, nada novedoso, en un país que apenas sabe o se recuerda de alguna época de auténtica vida democrática.


TODO BIEN, SIN NOVEDAD EN GUATEMALA



Un nuevo presidente ha sido juramentado para hacerse cargo del destino de esa pequeña nación centroamericana por los próximos cuatro años. Uno más de los tantos que engrosaran la lista de esos nefastos personajes de los cuales está plagada la triste historia de Guatemala. Normal, nada novedoso, en un país que apenas sabe o se recuerda de alguna época de auténtica vida democrática. Aquel corto periodo de primavera democrática que vivió el país, es ya una memoria muy lejana, muy pocos se acuerdan de ello, sobre todo las últimas generaciones de jóvenes, en cuyas mentes el discurso hegemónico de la derecha fascista, que ve comunistas por todos lados, y de los cultos evangélicos reaccionarios han penetrado profundamente, desarmándolos ideológicamente y borrándoles toda la historia de las luchas revolucionarias del pasado que llenaron de esperanza a aquellas generaciones que combatieron con ahínco por una Guatemala más justa y democrática. Esa es historia pasada, ya no hay que volver la vista hacia atrás, sostiene el discurso hegemónico de la dictadura de ultraderecha.

Poco importa, si se mira hacia adelante o hacia los costados, la misma realidad, las causas fundamentales históricas que dieron lugar a la revolución de 1944 y al posterior y largo conflicto armado interno, siguen presentes por doquier. La miseria, la pobreza, la explotación laboral, los salarios de hambre, la violencia contra los sectores populares, la injusticia económica y social, el analfabetismo y todas aquellas lacras que caracterizan el atraso y el subdesarrollo están ahí, dondequiera que se mire, como impertérritos monumentos.

Guatemala es un abismo negro sin fin, donde toda la podredumbre y la miseria humana que ahí existen causa un pavor que aniquila la esperanza de un futuro mejor. La rancia oligarquía y todo su aparato mediático, y la estructura burocrática militarizada que maneja los hilos de Estado mafioso que ostenta el poder, han sido capaces, mediante el temor y el manoseo de la democracia, de racionalizar y normalizar toda esta anomalía, a tal punto que la población común y corriente, ya sea por cinismo, apatía, costumbre o aguante, ha llegado a aceptarlo como algo normal, como una realidad que es parte de sus vidas cotidianas, y contra lo cual es poco o nada lo que se puede hacer. Aun y cuando se le siga prometiendo a la población que esta vez sí se actuará conforme lo manda la constitución democrática y habrá paz, trabajo y prosperidad para todos, una suerte de fatalismo impera en el decir de la gente: “esto no tiene quien lo arregle”.

Lo visto en la toma de posesión del nuevo presidente, el derechista y militarista, Alejandro Giammattei; el inverosímil espectáculo de un exdirector de presidios acusado de crímenes extrajudiciales ciñéndose la banda presidencial y jurando a los cuatro vientos que acabaría con la corrupción y el crimen (las maras), y otras tantas aventuras que emprendería por el bienestar de su amada patria (este patriota es el mismo que intentó infiltrarse en Venezuela con pasaporte italiano, y que corrió a ponerse a las órdenes de Netanyahu), rodeado como estaba de los políticos más corruptos y deleznables , entre ellos el presidente saliente con orden de captura pendiente, es una historia de corrupción e impunidad, que de alguna manera, se ha repetido tantas veces que ya no escandaliza a nadie. Es una grotesca tradición de la política nacional, que el pueblo ha llegado a aceptar con normalidad, porque la gente erróneamente asume que todo depende de ellos mismos para sobrevivir y, no de lo que hagan los políticos a quienes, paradójicamente, ellos han llevado al poder.

En términos generales, la situación en Guatemala es tal, que incluso se podría decir que la clase dominante exitosamente ha llegado a construir un entramado político, económico, social y cultural casi que perfecto, pero no el sentido de crear condiciones para el pleno ejercicio de la democracia que beneficie a todos los guatemaltecos, sino todo lo contrario, se ha creado un antítesis de democracia, donde el estado sirve únicamente a los intereses oligárquicos, al capital foráneo, y  las mafias del crimen organizado,  donde los bienes públicos han sido arrasados por la ola privatizadora, donde los recursos naturales han sido entregados al capital extractivista, y donde también, entre otras tantas y lindas barbaridades, las mafias del narcotráfico están en una relación simbiótica permanente con la clase política corrupta y los militares. Seguramente, Guatemala no es la excepción, pues este mismo estado de cosas prevalece en muchos países y sociedades, unas más desarrolladas que otras, donde la democracia ha sido pervertida y se ha convertido en una palabra útil únicamente para las clases dominantes, pero un concepto vacío, carente de contenido, para las mayorías desposeídas.

El arribo de un nuevo presidente en nada garantiza un enfoque distinto a la forma de gobernar que ha caracterizado a los anteriores gobiernos, más bien veremos la continuación y profundización de las políticas que son la causa de la ruina del país. Por mucho que se hable de atacar las causas estructurales de los problemas que afectan a la sociedad guatemalteca, todo el enfoque se limitará a eliminar sus manifestaciones visibles con medidas que agravaran aún más las condiciones de vida de los guatemaltecos. La pobreza y la marginalización social seguirán aumentando, la violencia no se reducirá, aumentará la represión como consecuencia de la continua militarización de la sociedad, la corrupción, la narcopolítica y la impunidad continuaran como siempre. El actual gobierno, plenamente identificado con la derecha reaccionaria proyanqui, continuará con las privatizaciones y la entrega de los recursos naturales al capital foráneo. Su total sumisión al mandamás del Norte, no está en duda. Mientras tanto, la aporreada población guatemalteca continuará aguantando a más no poder. Pero quien sabe, y a lo mejor un día de estos explota como un volcán y arrasa con todo.          






Publicado por La Cuna del Sol

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