domingo, 18 de noviembre de 2012

LOS TERREMOTOS:…



La tragedia natural le ha servido al actual gobierno reaccionario para hacerse trabajo de imagen y exhibir una preocupación que no existe, con el fin de recuperar una base social que pierde aceleradamente y que no le confiere perspectiva para reelegirse en las próximas elecciones. Pero hay algo más. La región afectada es donde se dan los más altos niveles de ingobernabilidad y donde la conflictividad social es casi explosiva: pobreza extrema, narcotráfico, contrabando, minería y desacato a todo poder público. Así las cosas, podría ser que el terremoto del 7 de noviembre de 2012 sea un nuevo catalizador que lleve a algún punto inopinado por aquello de la exacerbación de las condiciones objetivas de que tanto se habló en décadas pasadas.



LOS TERREMOTOS: LOS GRANDES
REVELADORES DE LA REALIDAD NACIONAL

 Por Luciano Castro Barillas

Nada mejor que los seísmos para desvelizar de cuerpo entero la famélica estructura social guatemalteca. Semejante a lo que ocurrió en los Estados Unidos con el huracán Sandy: incapacidad gubernamental para enfrentar de manera pronta y debida las catástrofes. Totalmente comprensible en el caso guatemalteco pero absolutamente injustificable en el caso de la primera potencia de la tierra que se retrató como todo un coloso con pies de arcilla que, a las primeras aguas, se les deshizo el sustento y cayó de bruces. ¿Y si ocurriera una debacle nuclear? Pues los auxilios a los ciudadanos serían totalmente imprevisibles y por lo visto lo más seguro es que nunca lleguen.

En Guatemala los terremotos han sido los catalizadores, creadores de sus grandes momentos históricos. Crisol donde andares inveterados se han hecho añicos. El terremoto de Santa Marta en el siglo XVIII, por ejemplo, dio lugar a una nueva ciudad y nuevos ciudadanos (Guatemala de la Asunción) significó también la ruptura del tejido social de la metrópoli colonial del Reino de Guatemala entre los que decidieron quedarse para levantar la señorial ciudad de sus ruinas y los que no viendo mejores perspectivas en una tierra de gran inestabilidad geológica optaron por hacer su vida en el Valle de las Vacas o de La Culebra.  El terremoto del 6 de febrero de 1976 fue el preludio trágico de la segunda etapa de la guerra civil guatemalteca que se desbocó a partir de 1978 y no paró sino hasta el 29 de diciembre de 1996. La miseria del pueblo de Guatemala puesta al descubierto por el terremoto de ese año no sensibilizó a la oligarquía ni le hizo pensar mejor, por el contrario, la coludió aún más insensatamente con el poder militar e imperialista para impulsar una guerra total contra las reivindicaciones históricas de un pueblo humilde, esforzado y, en ese momento, en total rebelión.  El terremoto de 1976 agudizó las contradicciones de la sociedad guatemalteca y las condiciones objetivas  -tan comentadas en las teorías revolucionarias de la época-  que si algún rezago metafísico tenían, fueron sacudidas, como las esporas, para fecundar una tierra irredenta en busca de construir un futuro luminoso. Todo lo contrario ocurrió. Ahora, en la crisis global, aunque el terremoto no es de alcance nacional y está circunscrito a tres o cuatro departamentos, la solución de esta problemática es improbable por muchas razones: porque no hay recursos y porque no hay, sobre todo, voluntad política. La tragedia natural le ha servido al actual gobierno reaccionario para hacerse trabajo de imagen y exhibir una preocupación que no existe, con el fin de recuperar una base social que pierde aceleradamente y que no le confiere perspectiva para reelegirse en las próximas elecciones. Pero hay algo más. La región afectada es donde se dan los más altos niveles de ingobernabilidad y donde la conflictividad social es casi explosiva: pobreza extrema, narcotráfico, contrabando, minería y desacato a todo poder público. Así las cosas, podría ser que el terremoto del 7 de noviembre de 2012 sea un nuevo catalizador que lleve a algún punto inopinado por aquello de la exacerbación de las condiciones objetivas de que tanto se habló en décadas pasadas.

Las cifras son alarmantes para países pobrecitos como Guatemala: 21, 800 viviendas dañadas y 1 millardo para hacer frente inmediatamente a esa tarea, en el caso que las manos de la corrupción no reduzcan esa cifra al 50%.  Se necesitará también del crédito externo en un monto de 99 millones de dólares facilitados por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, lo cual es otra tentación para las manos alevosas de los funcionarios mañosos que siempre salen enriquecidos de las catástrofes de diferente índole que se dan en nuestro país. La clase política o el sistema, creo, está sentado en un barril de pólvora o en la punta de una bayoneta. Es bastante probable que la arrogancia de la clase dominante no lo vea así, pero el tiempo irá dando la pauta si ocurre el estrépito o la daga se desliza con dolor.









Publicado por LaQnadlSol
CT., USA.

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