viernes, 21 de septiembre de 2012

MANUEL JOSÉ, “EL ESCRIBIENTE”...



INTRODUCCIÓN

Quien nunca ha estado viviendo forzadamente fuera de su país -sin posibilidades de volver- ignora uno de los más atroces sufrimientos que puede experimentar un ser humano. No es lo mismo coger cualquier camino del mundo como refugiado económico o como exiliado político. En el primero las razones son la necesidad de empleo para una vida mejor. En el segundo se huye para que no te maten, endosándole también de manera inevitable el aspecto económico. La pena es doble. Son pocos los que animan a regresar y cuando lo hacen es un acto autoinmolación por el estar ausente de la Patria y de la familia terminando matando más que el mismo destierro. La vida o “realización” del exiliado en tierra extraña es solo aparente: siempre será un extraño, uno de fuera, un advenedizo. Y si tú lo olvidas, alguien por allí, pleno de nacionalidad y nacionalismo; te lo hará saber. Y te recordará que todo lo que tienes allí, en esa patria de acogida, es prestado. Ese mató a nuestro poeta en Marsella, donde tenía por noble y leal amigo  -como su segundo apellido, Leal- a un perrito llamado Moustiq. Ambos eran socios en asuntos de desperdicios, de la basura. Ambos tuvieron que comer lo que los desenfadados franceses tiraban en su consumismo occidental. E iba nuestro querido, incomparable y recordado poeta del mundo de los tachos de basura y la electricidad a dar una clase de dramaturgia o dirigir un taller de poesía en una de tantas universidades francesas donde lo invitaban y lo apreciaban. Nadie sabía de sus profundas penas materiales. Me temo que murió de abandono, en tanto los canallas, sus enemigos a muerte y los envidiosos de su genio literario sonreían al enterarse de su muerte. Muchos lo lloramos y  lo seguimos queriendo. Está siempre aquí, inmediato, calientito, reconfortando nuestro corazón y comprendiéndonos en nuestras mezquindades. Que gran poeta era este hombre y tan monumental era la envidia corrosiva que despertaba por su talento. Una antología poética editada por la editorial universitaria de la Universidad de San Carlos, lo hace aparecer de último (y no por orden de aparición sino de desaparición), consignando en una brevísima nota biográfica lo siguiente: Periodista. La verdad es que él valía por todos los académicos en letras juntos. Pero así es este país: cundido de mediocres que invisibilizan los méritos de los demás. Por eso la anécdota de la olla de cangrejos. Y como Manuel José está en el paraíso  -o con unos demonios rebuena gentes-  hasta allá va mi abrazo solidario, mi admiración y mi cariño. Luciano Castro Barillas.






MANUEL JOSÉ Y EL EXILIO




Mi solidaridad con Domingo Hernández Ixcoy bajo acoso represivo.

Por Miguel Ángel Sandoval
Septiembre 20, 2012

Escribir sobre un poeta puede ser visto como algo innecesario, o quizás reprobable, por quienes ahora dicen que los poetas tienen la culpa de todo lo que ha pasado en Guatemala y que hay que dar las gracias a los militares por poder hablar y no a los poetas. Pero no es mi intención detenerme en esa especie de polémica que por lo demás no llega a serlo. La verdad monda y lironda, es que muchos poetas y escritores fueron asesinados en la guerra por hablar, por decir lo que sucedía, por dejar constancia de la barbarie, y por ello fueron asesinados o desaparecidos. La lista es larga.

Otros, buscaron el exilio como una forma de salvar la vida y dentro de ellos está Manuel José. Y sobre el exilio escribió un verso fundamental: al decir que “el exilio es como una cárcel al revés/uno está preso/no porque no pueda salir/sino porque no puede entrar”. Hoy se presenta en el Paraninfo Universitario un documental sobre la vida de Manuel José dedicada al exilio de trabajos casi forzados que el poeta tuvo que hacer, pues su regreso al país significaba morir en manos de los que desfilaron hace unos días y que alegremente negaron que los poetas tuvieran en nuestro país alguna relevancia.

El filme nos da una mirada balanceada sobre la vida que llevó Manuel José en el sur de Francia, ante la imposibilidad de vivir en Guatemala en los años más duros del conflicto armado. Siete oficios, mil usos, recogedor de basura, dramaturgo y poeta, es lo que marca los años del exilio, donde escribe versos que era imposible escribir y decir en Guatemala en los años del genocidio. Así escribió: General/no importa cual/para ser general /como usted general/hay una condición fundamental/ ser un hijo de puta/ general. Es obvio que solo tenía dos caminos: la muerte o el exilio. Un poema como el general, de plano que no iba a gustar al general genocida en el poder.

Lúcido como era, Manuel José Arce había afirmado: “Ahora están de malas los poetas” al escribir a escondidas evitando la represión y cuando se refería al sacrificio de Otto René Castillo, asesinado y quemado vivo en Zacapa, o Roberto Obregón, desaparecido en la frontera entre Guatemala y El Salvador. Por ello y por muchas razones más, entre las cuales la lucha contra el olvido y por la recuperación de la memoria, se estrena hoy a las 18:30 en el Paraninfo Universitario el filme El Arcenal de un escribiente, dirigido por Roberto Díaz Gomar. Asistan. Vale la pena.






MI AMISTAD CON “EL ESCRIBIENTE”



Por Margarita Carrera
Septiembre 20, 2012


Por la década de 1970, Manuel José Arce estaba en lo mejor de su profesión como escritor y poeta. Él dirigía, por entonces, la Editorial Universitaria, mientras que yo era jefe de Relaciones Públicas, ambos en la Universidad de San Carlos. Nuestras oficinas estaban en la Rectoría. Teníamos una gran amistad. Él acostumbraba ir a conversar conmigo aquellos ratos en que podía. Mi oficina era grande y muy grata por lo menos en los primeros años de esa década— cuando aún no se había intensificado la persecución política, como sucedió poco después.

En ese entonces, Manuel José escribía una columna todos los días en el periódico El Gráfico (que desapareció poco después de la muerte de Jorge Carpio, director del mismo). La columna se llamaba Diario de un escribiente y era sensacional.

Manuel acababa de publicar su poemario Los episodios de un vagón de carga, en el cual reunía lo que él llamaba “anti-pop-emas”. Con este había obtenido el Primer Premio Poesía Juegos Florales de Centroamérica y Panamá. Quetzaltenango, 1962. Como poeta clásico que era, manejaba la métrica a la perfección: “Me están doliendo los días / que se me pasan sin verte: / no verte es como una muerte / con muchas más agonías…”.

Lo mismo que su poesía, el tema preferido de su conversación era el amor. Pero no de una sola mujer. Dejaba de amar a una y empezaba a amar a otra. No era fiel, se le iban los ojos por todas las mujeres bellas. Y ellas caían bajo su hechizo. Menos mal que ni él se enamoró de mí, ni yo de él. Pero nuestra amistad era honda, aunque casi siempre, por no decir siempre, yo no hablaba, me limitaba a escucharlo.

¿Cuándo fue el centenario de la Academia Mexicana de la Lengua? Lo cierto es que los dos fuimos invitados por pertenecer a la Academia Guatemalteca de la Lengua. Ambos llevamos nuestras “ponencias”: Manuel con una capa bella que había sido de su padre; yo, con un abrigo de piel “Mariano Riva” —lo mejor de aquel entonces—. Él, por su lado, yo por el mío, lo cierto es que trabajábamos y nos divertíamos de lo lindo. La gentileza de los mexicanos no tiene límites. Aquella semana vivimos en un paraíso. Como era muy guapo, las mujeres se enamoraban de él: “Amor, si fueras aire y respirarte. / Y si fueras sombra para no perderte / O si fueras camino y caminarte…”.

En la dedicatoria de este poemario, y con tinta verde, me escribió: “Margarita ¿qué nos está pasando que tú y yo somos cada vez más niños y más alegres? Pasan los años y los gastamos y los tiramos a la basura. Pero nos quedamos igual. Creo que es porque eres poeta y porque soy el más tonto de tus hermanos. Como sorpresa de esta Piñata de hoy. Manuel José Arce. 1o.- VI-71”.

En 1980, la Real Academia Española me invitó a Madrid —por cuatro meses— para ir a trabajar con ella y aportar guatemaltequismos y otros quehaceres. Manuel José estaba en París, a donde había ido a vivir por su exilio. Necesitaba hablar con alguien, por lo que casi todos los días me llamaba por teléfono. Yo también me sentía sola; era un alivio platicar con él.

En mayo de 1980 hubo un congreso de escritores latinoamericanos en La Sorbona. Él me lo comunicó y yo dispuse ir. Nos encontramos allá. Fuimos a tomar un vino pero, luego, nos vimos muy poco. Él estaba muy delgado y pálido. Supe que su amada, una francesa, lo había abandonado y echado de su casa. Sus condiciones económicas no eran de lo mejor.

En junio de 1980 regresé a Guatemala y ya no lo volví a ver. Con el tiempo, supe que estaba muy enfermo, luego me llegó la noticia de su muerte. Pero para mí aún está vivo. Basta abrir uno de sus libros de poesía y leer un poema. Me parece que el Ministerio de Cultura está rescatando toda su obra.

Delia Quiñónez escribió: “Arce, el que buceó en los recodos de la palabra: poesía, teatro, ensayo y novela… fue pleno y encontró que su palabra se desdoblaba en muchas voces. Que se multiplicaba y rompía barreras…”.












Publicado por LaQnadlSol
CT., USA.

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