jueves, 26 de abril de 2012

UN MODELO DEGRADANTE DE FORMACIÓN MILITAR…

INTRODUCCIÓN

Esta entrevista fue realizada en 1987 por el periodista guatemalteco José Eduardo Zarco, de conocida familia conservadora y propietaria de uno de los principales periódicos del país (Prensa Libre). Fue autorizado a visitar la llamada Escuela de Adiestramiento y Operaciones Especiales Kaibil situada desde su fundación, en 1975, en localidad de La Pólvora, municipio de Melchor de Mencos, departamento del Petén. La escuela kaibil es conocida con el nombre de El Infierno Kaibil. De dicha visita surgió una serie de ocho artículos publicados por el periódico de su propiedad, el sexto de los cuales detalla el llamado “destazamiento de la mascota”. Esta entrevista La Cuna del Sol la hará por entregas, dada su extensión, en conmemoración de un aniversario más de la muerte de monseñor Juan Gerardi, ejecutado por esta clase de personas a los dos días de haber entregado el documento del proyecto Recuperación para la Memoria Histórica. El asesino material, por cierto, era de la aldea Río de Paz, municipio de Quesada, Jutiapa; quien por némesis divina, fue decapitado por pandilleros a raíz de un motín en la cárcel donde estaba recluido, jugando después de consumado el hecho un partido de fútbol con su cabeza -como el más terrorífico balón-, en tanto la policía tomaba el control del penal. Luciano Castro Barillas.


UN MODELO DEGRADANTE
DE FORMACIÓN MILITAR


Primera Parte


Cada alumno del “curso kaibil” recibe al llegar, a modo de mascota, un pequeño cachorro de perro que a lo largo del curso debe alimentar y cuidar. Llegada ya la parte final del curso tiene lugar la ceremonia aquí referida. He aquí su descripción literal:

“A ver usted, tráigame ese perro”, le dijo (el oficial instructor) al individuo que tenía el chuchito. “¡Kaibil!”, respondió el soldado, y contra la voluntad del animal lo llevó frente a su profesor. “Cuélguenlo allí, en el tronco, y proceda a matarlo”, le ordenó. El otro agarró al perro por las patas de atrás, mientras su cuas (compañero) le apretaba el hocico para que no lo mordiera. El canino se orinaba del miedo y los gemidos que daba eran feos (…) Una vez amarrado de las patas y de la trompa, el kaibil recibió, una vez más, la orden (…), y éste, con su machete, le cortó el cuello. La sangre cayó en una olla donde habían recogido la de los otros animales muertos anteriormente, y el perro dejó de ser mascota y pasó a ser comida”.

Continúa así la descripción del ceremonial kaibil:

“Destazaron al chucho (…) y después el instructor les ordenó que pusieran el cuerpo junto con el de los demás animales que habían sido procesados. Luego se les ordenó hacer una fila, y uno a uno fueron recibiendo una porción del contenido de aquella olla, que consistía en una mezcla de sangre con hígados y vísceras comestibles, todas ellas crudas (los kaibiles no lo sabían, pero sin que se dieran cuenta se había agregado limón y cebolla al recipiente para que el sabor fuera similar al de un ceviche). (…) Las caras que hacían cuando les introducían en la boca su pedazo eran tan impresionantes como la escena de la muerte del canino, pero, según me explicó mi edecán, el comando debe perder el asco a la sangre, pues en la vida real siempre existe la posibilidad de encontrarse ante situaciones donde la sangre abunda, y en esos casos lo peor es perder el control. “Puede significar la vida o la muerte”, me indicó.

Queda demasiado claro, a la luz de los testimonios aquí referidos, que ese “perder el asco a la sangre” se convirtió, para algunos militares guatemaltecos (oficiales y soldados) no sólo en la pérdida de ese hipotético asco, sino en una predilección morbosa por ese fluido vital, que no sólo hacían derramar en gran cantidad sino que, en ocasiones, también lo saboreaban gustosamente, como ya vimos en testimonios anteriores. Hay que señalar también el dato de que, en años anteriores pero no muy lejanos (la Escuela Kaibil inició su funcionamiento doce años antes del citado reportaje periodístico), esta misma ceremonia kaibil del “destazamiento de la mascota” se efectuaba de otra forma más brutal: el perro no era degollado con machete, sino muerto a mordiscos en el cuello por el kaibil, quien con sus propios dientes tenía que cortarle la yugular y succionar su sangre, según consta en material fotográfico de la época.

Recordemos, por otra parte, que esta forma de matar al animal la efectuaba el mismo kaibil que lo había recibido, siendo un cachorro, al iniciar el curso y lo había cuidado y alimentado a lo largo de él. Si este trato y cuidado había producido un cierto sentimiento, quizá inevitable, de relativo cariño hacia el pequeño animal, este factor afectivo  -grande o pequeño-  tenía que ser brutalmente atropellado cuando la misma persona que lo cuidó tenía que morderle la yugular para desangrarlo, cumpliendo así el doble objetivo propuesto: el conseguir perder el asco a la sangre, y sobre todo, el primero y principal: endurecimiento militar de kaibil.

No resulta, pues, demasiado extraño que este tipo de prácticas formativas (en cursos como el kaibil, muy valorado dentro del ejército de Guatemala), así como otras prácticas docentes igualmente educativas que veremos a continuación, hayan degenerado en una mentalidad militar capaz de producir casos de extrema degradación. En efecto, ya hemos visto en páginas anteriores la forma en que fueron tratados los prisioneros, añadiendo a las torturas y a la muerte las más repugnantes formas de humillación. Pero estas humillaciones prácticas no se limitaban, como en los casos ya vistos, al castigo de los prisioneros: también los soldados en su instrucción (y no sólo en unidades especiales sino normales) eran obligados en sus prácticas de entrenamiento a ingerir heces humanas, según sus propios testimonios prestados ante la Comisión de Esclarecimiento Histórico.

“Seguimos sacando el curso de Tigres”, así le llaman, que es de tres meses, y al final nos hicieron una práctica, autorizada por el comandante (…) Consistía en estar preparado para hacer una serie de maniobras y, por último, de noche, había que acarrear unos tambos (bidones) en los que había popó (excrementos) de ellos mismos, y había que echarlos en unos botes, y de allí nos lo metían, y de último nos lo hicieron comer. Todo fue el campo de fútbol. Algunos vomitaban, pero más les daban para que se lo tragaran; eso fue el curso de Tigres”.

Dentro del período de instrucción se incluían pruebas como las siguientes, relatadas por un sargento segundo que, todavía como soldado, tuvo que soportarlo durante su fase de formación:

“… lloré amargamente en la última fase del entrenamiento, que se llama olores, sabores y sonidos. Debes decir el olor que sientes, el sabor que sientes y el sonido que oyes (…) Después te tapan los ojos y te dejan sólo con la nariz, y tienes que decir qué producto es. Después te tapan la nariz y nos hacen probar un montón de babosadas. La mierda es cuando me he sentido más humillado, heces humanas, uno con un palo te lo pone en la lengua, grasa, aceite quemado, tierra o lo que ellos encuentran. Después te traen en un bote una mezcla de heces y meten tu mano, y es obligatorio, y hay garrote para pegar al que no lo haga. Cuando uno siente el sabor y el olor, comienza a vomitar. Yo me tiré y me revolqué, y dije que eso es una mierda, no sentía el dolor. Ya había pasado el entrenamiento físico, los golpes en el estómago, el dolor, yo ya llevaba una buena forma física, y en esa fase, en la última, es cuando yo me sentía malísimo, humillado, lloré amargamente, es lo peor que he pasado en mi vida. Después nos llevaron a comer, esa noche no hubo comida, daba asco comer, después no comer queríamos”.

Estos entrenamientos, incluyendo estas prácticas coprofágicas forzadas, afectan a todos los soldados, incluso a los más jóvenes y recién incorporados con 17 años, ya los reclutados por la fuerza, llevados por sorpresa allí donde el ejército “les agarraba”, según su expresión más usual, incluso algunos a la edad de 16 años. He aquí el relato personal de otro testigo que padeció en sus carnes este tipo de formación:

“El entrenamiento duraba tres meses. (…) Había gente de 16 y 17 años. Había como tres de 16 y unos de 35, de 17. Uno de 16 era de Jalapa, otro de Mazatenango, que no aguantaba por su capacidad física. (…) Yo mismo tenía 17 años. En la compañía fueron muchos forzados, los de Jalapa, Retalhuleu y Quiché. De Retalhuleu había como cinco de tercero básico que estaban estudiando y los agarraron. Se lamentaban de no poder seguir estudiando. (…) Los agarraron en las calles de día, a otros en el campo de fútbol.







Publicado por Marvin Najarro
CT., USA.

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